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A la espera del despliegue efectivo de la tecnología 5G, los principales actores del mercado, tanto las empresas como los individuos se preguntan cuáles serán las consecuencias de la llegada del 5G en su operativa diaria.

Desde una perspectiva técnica, el estándar 5G está compuesto de dos canales: un canal para usos de alta velocidad (entre 700 MB y 1 GB por segundo) y un canal de baja velocidad destinado a las aplicaciones IoT y M2M (dispositivos conectados). Frédéric Salles, CEO de Matooma, explica que “es evidente que, cuando un usuario se vaya a descargar una película en HD en un PC, tableta o teléfono con el 5G, no le llevará más que unos 5 segundos”.

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Las redes de última generación serán vitales en el funcionamiento de esta y muchas otras tecnologías de la cuarta revolución industrial.

Sin embargo, especialistas como Manish Watwani, responsable de marketing de la empresa Telit, sostienen que la lentitud en la construcción de una infraestructura inalámbrica fiable no debería ser un lastre.

Los interrogantes sobre los objetos conectados de la internet de las cosas —edificios, vehículos, electrodomésticos, ropa…— se acumulan, en especial, tras la pandemia del coronavirus, que ha servido para constatar la importancia de las innovaciones digitales en la lucha contra los grandes problemas del planeta: en la salud, la seguridad de personas y organizaciones, la protección del medio ambiente, etc. Por eso, el debate sobre esta cuestión se ha intensificado en los círculos financieros. La discusión gira ahora mismo alrededor de dos opciones (temporales) antes del desarrollo absoluto del 5G.

La más implementada se llama Narrowband-IoT (NB-IoT) y, según los técnicos, es ideal para aquellas instalaciones en las que los dispositivos envían pequeñas ráfagas de datos. Como la conexión es de banda estrecha, no es adecuada para manejar grandes archivos, como el vídeo en tiempo real.

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El 5G representa la siguiente etapa en la evolución a largo plazo (Long-Term Evolution, LTE) de las redes móviles. Las actuales se valen de la tecnología 4G. Y existe una versión pensada para la comunicación entre máquinas. Se trata de la LTE-M y es la otra base sobre la que puede operar la internet de las cosas. A diferencia de la NB-IoT, sí puede transferir datos muy voluminosos, incluida la imagen en movimiento y sincrónica. Desde la GSMA, el ente comercial del sector a escala internacional, se recuerda que hay más de cien redes móviles de IoT.

Algunos de los principales nombres en esta actividad participan en ellas: AT&T, Verizon, China Mobile, T-Mobile y Vodafone. La mayoría de estas infraestructuras utilizan la tecnología NB-IoT.

La GSMA y la asociación para los estándares 3GPP han adoptado la NB-IoT como parte de la familia 5G, lo que le garantiza una vida relativamente larga. La LTE-M es más fiable y robusta, por lo que los analistas también le auguran un porvenir halagüeño en apoyo a la internet de las cosas.

Más inmediatez y estabilidad

Si lo comparamos frente al Wi-Fi o Ethernet, la latencia va a ser mucho menor. En condiciones normales, el 5G puede ofrecer un ping de 1 milisegundo o incluso inferior, mientras que una red inalámbrica doméstica suele rondar los 20 ms en buenas condiciones, e incluso más si no son las mejores.

Todo lo relacionado con las ciudades inteligentes, los vehículos autónomos por ejemplo, va a estar muy ligado al uso de esta tecnología.

También va a ayudar a los dispositivos que requieran un gran ancho de banda, unido a una baja latencia. Por ejemplo va a ser muy positivo para las cámaras de vídeo vigilancia que funcionen en 8K.

Pero muchos sectores de la industria, como puede ser la agricultura, ganadería, automatización o fabricación pueden hacer uso de equipos inteligentes que se aprovechen de las ventajas de esta tecnología.

Hay que tener en cuenta que el 5G va a permitir muchos más dispositivos conectados al mismo tiempo sin que la señal se debilite o haya problemas. Los equipos IoT están ya presentes en nuestro día a día, sin embargo es de esperar que en los próximos años la cifra se multiplique.

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