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Se ha escrito mucho sobre los peligros el tiempo que dedican los niños y niñas frente a la pantalla.

Se sabe que Bill Gates y Steve Jobs limitaban a su descendencia el uso de la tecnología, bien pensado, sabiendo lo adictivo que puede llegar a ser.

Por su parte, la Academia Americana de Pediatría aconseja a los progenitores que limiten el uso a una hora al día a los y las niñas de entre 2 y 5 años, y recomienda “límites consistentes” para mayores de 6 años.

El mensaje básico es que el tiempo frente a las pantallas no es malo por sí mismo, es el hecho de que, a menudo, puede apartar a la infancia de realizar actividades más significativas, como jugar, interactuar con las demás personas y dormir las horas suficientes.

¿Y qué hay de las madres y los padres?

Investigaciones recientes apuntan al rol que tienen las madres y los padres en el uso de pantallas en el propio desarrollo de las criaturas, y las noticias no son buenas.

El perdido arte de la conversación

La autora y educadora infantil Erika Christakis escribe en The Atlantic que el desarrollo infantil se está viendo afectado porque sus padres y madres están continuamente distraídos con la tecnología.

La persona usuaria de smartphone chequea su teléfono unas 85 veces de media al día. Casi la mitad de las personas residentes en Estados Unidos (46%) afirman no poder vivir sin sus smartphones.

Una de las acusaciones clave que apuntan a la distracción de los progenitores es que daña el desarrollo del lenguaje de las niñas y niños más pequeños, y el lenguaje es el indicador más acertado de los logros académicos.

Christakis se remite a estudios que muestran la importancia de la conversación para el cerebro en desarrollo.

“Los patrones vocales que las madres y padres de todos los lugares tienden a adoptar con niños/as y bebés están marcados por un tono más agudo de lo habitual, gramática simplificada, y un entusiasmo exagerado que involucra. A pesar de que este modo de conversar empalaga a quien observa desde fuera, a los bebés les encanta. No sólo eso: un estudio mostró que los y las infantes expuestas a este estilo de hablar interactivo, y emocionalmente receptivo con 11 meses y con 14 meses sabían el doble de palabras cuando cumplían dos años que aquellos/as que no habían sido expuestos”, escribe.

Esta interacción crucial está en peligro de ser eliminada del mapa por un mensaje entrante de texto, email o like de Instagram.

Oportunidades perdidas

Incluso si la persona adulta está pasando un mal rato para enseñar al niño o la niña algunas palabras nuevas, recibir una comunicación en ese momento puede hacer que todo ese esfuerzo se vaya al garete.

En un experimento que incluyó a 38 mujeres y sus criaturas de dos años, se pidió a las madres que enseñaran a sus bebés dos palabras nuevas, una después de otra. Durante uno de estos períodos de aprendizaje, el teléfono de la madre sonaba y ella paraba para contestar la llamada. En el otro, la madre no era interrumpida. Los y las niñas aprendieron la palabra cuando no se interrumpía la enseñanza, mientras que si la interacción se interrumpía, no aprendían la palabra.

Christakis argumenta que las niñas y niños están programados para recibir la atención de sus cuidadores, lo que significa que una madre o padre que se está distrayendo constantemente está incrementando sin querer el mal comportamiento y las rabietas que, de jóvenes, utilizan para llamar la atención.

Peligro en aumento

Y lo que, quizá, es más alarmante: Christakis apunta a que los padres y las madres distraídas pueden poner a sus criaturas en peligro.

Otro estudio al que Christakis hace referencia desveló que las visitas al hospital para menores de 5 años aumentaron en zonas de la ciudad que habían recibido 3G.

Entre 2005 y 2012, las lesiones sufridas por menores de 5 años crecieron en un 10% a medida que la red de 3G se expandía. Los autores del estudio sugieren que la razón es que los smartphones distraen a los cuidadores de atender a las criaturas.

El padre o madre adicta

Muchas personas usuarias de smartphones muestran síntomas de adicción, como la constante necesidad de comprobar su teléfono, enfadarse si no pueden mirarlo, o incluso hacerlo aunque sea peligroso o inapropiado en ese momento.

Así que, no sólo las interacciones entre cuidadores y sus criaturas se interrumpen constantemente, el padre o madre también puede cambiar de humor.

“Un padre o madre desconectada puede enfadarse más rápidamente que uno que presta atención”, advierte Christakis.

Pero Christakis no está alabando las virtudes de la “crianza helicóptero” ni mucho menos. Decir a una criatura que se entretenga por su cuenta mientras la madre o el padre hacen sus cosas, o que salgan y jueguen, es perfectamente válido, argumenta. Los menores tienen que aprender a desarrollar su independencia, pero la cuestión se complica si los progenitores están presentes sin estarlo.

“Parece que hemos caído en el peor modelo de crianza imaginable: siempre presentes físicamente, y por lo tanto bloqueando la autonomía de sus criaturas, y aún así sólo emocionalmente presentes a ratos.”

“Tampoco nos hace bien a las personas adultas”, añade, comparado con que es como estar “atrapadas en el equivalente digital de una centrifugadora”.

“Los padres y las madres deberían permitirse dar un paso atrás de la presión sofocante de ser todas las cosas para todas las personas. ¡Lleva a tu criatura a un parque, ahora! Tu criatura va a estar bien. Y, luego, cuando estés con ella, deja el maldito teléfono a un lado”.

Fuente : WEF

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