COMPARTIR:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Un niño neandertal que murió con una edad de siete años y ocho meses y que ha aparecido en una cueva de Asturias tenía el cerebro tan pequeño como un niño de cinco años de nuestra especie, según concluye la investigación

El descubrimiento se añade a otros anteriores que habían establecido que los neandertales tenían el cerebro un 10% mayor que los Homo sapiens , y que además la forma del cerebro es distinta entre ambas especies. Si el nuestro es más bien esférico como una pelota de fútbol, el de los neandertales era más alargado como una pelota de rugbi.

Las consecuencias de estas diferencias anatómicas, y del diferente ritmo de desarrollo entre el cerebro de ambas especies, no están claras en este momento. “Es una línea de investigación para el futuro”, declara Antonio Rosas, paleoantropólogo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) del CSIC en Madrid y primer autor de la investigación.

El niño neandertal es uno de los trece miembros de una misma familia descubiertos desde 1994 en la cueva de El Sidrón, junto al pueblo de Borines (Asturias). La datación del yacimiento indica que vivió hace 49.000 años, antes de que llegaran los Homo sapiens a la península Ibérica.

El análisis de las líneas de crecimiento de los dientes, que permite deducir la edad de una persona de manera parecida a cómo se deduce la edad de los árboles a partir de las líneas del tronco, ha revelado que murió con siete años y ocho meses.

Se ignora la causa de la muerte, aunque sus restos tienen marcas de corte, lo que indica que le arrancaron la carne de los huesos, probablemente para comérselo. En cualquier caso, no murió en la cueva sino que sus huesos fueron arrastrados a la cavidad por una avalancha o una riada junto al de su madre y el resto de la familia.

El estudio detallado de los fósiles indica que medía 111 centímetros de altura y pesaba unos 26 kilos. “Era un individuo robusto”, describen los investigadores . “El tamaño de los colmillos y la robustez de los huesos son fuertes indicios de que era macho”.

Se sabe también que era diestro como el resto de su familia; que ya participaba en actividades de adultos como curtir pieles y trabajar fibras vegetales; que utilizaba la boca como una tercera mano para sujetar las pieles y las fibras, lo que dejó una marca asimétrica en sus dientes y ha permitido deducir cuál era su mano dominante; y que sobrevivió a un periodo de desnutrición entre los dos y los tres años, probablemente al cambiar de dieta tras el destete, lo que dejó una huella permanente en su esmalte dental.

Pero el resultado más llamativo de la investigación es lo pequeño que era su cerebro para tratarse de un neandertal. Tenía un volumen endocraneal de 1.330 centímetros cúbicos, lo que equivale a un 87,5% del volumen endocraneal medio de un neandertal adulto. Por lo tanto, su cerebro aún estaba lejos de haber completado su crecimiento.

Este porcentaje contrasta con lo que ocurre en nuestra especie, donde el cerebro de un niño de siete años y medio está casi completamente formado y ya ha llegado al 95% de su tamaño final. En los Homo sapiens, un porcentaje de 87,5% corresponde a un niño de entre 5 y 6 años. Por lo tanto, concluyen los investigadores, el cerebro neandertal tardaba más en desarrollarse que el del Homo sapiens.

“Las implicaciones potenciales para la vida social de los neandertales podrían ser importantes”, declaró Antonio Rosas .

“Es en estas etapas de crecimiento que se adquieren las habilidades sociales”, añadió Luis Ríos, también paleoantropólogo del MNCN y coautor de la investigación.

Los científicos creen que la diferencia del tamaño cerebral se debe a que “desarrollar un cerebro grande es energéticamente costoso”, lo cual compite con la energía destinada al crecimiento del cuerpo.

Los neandertales, sin embargo, tenían un cuerpo más robusto que los Homo sapiens, además de un cerebro más grande. Por lo tanto, debían encontrar alguna manera de afrontar este gasto energético. “Extender el crecimiento podía ser una forma de repartir el gasto metabólico. Es como extender el pago de una hipoteca en más años”, explica Rosas.

También la columna vertebral presenta un crecimiento más lento en el niño neandertal del Sidrón que en los Homo sapiens. El grado de fusión de las vértebras torácicas y del atlas –la vértebra sobre la que se apoya el cráneo– es equivalente al que tienen los niños de nuestra especie entre los cuatro y los seis años de edad.

La causa de esta maduración tardía de la columna vertebral, que ha sorprendido a los investigadores, es una incógnita. “Le hemos dado muchas vueltas”, reconoce Rosas. A título de hipótesis, lo atribuye al desarrollo de la caja torácica. “Los neandertales tenían un tórax mucho más ancho que el nuestro”, explica el paleoantropólogo del CSIC. Dado que las costillas crecen acopladas a las vértebras, es posible que las diferencias entre ambas especies en el crecimiento de las costillas comportaran un desarrollo diferente de las vértebras.

Con la excepción de las vértebras y el cerebro, el niño del Sidrón había crecido al mismo ritmo que un Homo sapiens de su misma edad. Los huesos de brazos y piernas habían llegado al mismo nivel de desarrollo. Los dientes también. Y su altura era normal para su edad.

“Hasta hace poco se pensaba que el patrón de crecimiento de nuestra especie era único”, declara Rosas. La idea se basaba en que una infancia larga, con un crecimiento lento, permite adaptarse al elevado coste energético de tener un cerebro grande. Pero “ahora vemos que este patrón de crecimiento es compartido con otras especies”.

 

COMPARTIR:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

NO COMMENTS

DEJAR UNA RESPUESTA