COMPARTIR:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Por: Enrrique Dans

El popularidad del fenómeno fintech y el crecimiento de competidores en distintas fases del ciclo, desde nuevos bancos como la alemana N26 hasta proveedores de servicios aún incompletos como Revolut y otros, o competidores de nicho como Shine, deja clara la incapacidad de la banca tradicional no para competir con ellos, sino simplemente para estudiar y entender incluso las implicaciones más básicas del fenómeno.

El problema para los bancos no es competir con este tipo de compañías, o al menos, no lo es ahora. Hablamos de magnitudes completamente diferentes, de escalas difícilmente comparables: que un servicio con un crecimiento fuerte como Revolut, por ejemplo, espere llegar a los tres millones de clientes en octubre de 2018 es una métrica que, frente a los más de 113 millones de clientes en todo el mundo de un banco como, por ejemplo, Santander, representa una preocupación más bien escasa, casi un error de redondeo. La idea de sentirse amenazado o de lanzarse a competir con algo así resulta, desde un punto de vista de simple dimensionamiento, algo entre lo extravagante y lo absurdo.

Obviamente, esto no quiere decir en absoluto que los bancos tradicionales deban ignorar este fenómeno – como de hecho no hacen. Ignorar los cambios y acomodarse en las diferencias de dimensión, como todos sabemos, es una actitud que supone un riesgo. En realidad, son perfectamente conscientes que el crecimiento del fenómeno fintech se debe fundamentalmente a sus propias carencias, a la fuerte tendencia al isomorfismo de la industria, y a la necesidad de un recambio que se acentúa más aún cuando se estudia el componente claramente generacional de la demanda de este tipo de servicios. Claramente, si no se hace nada, existe un riesgo de que muchos de esos clientes que hoy recurren a competidores del mundo fintech para necesidades relativamente puntuales como hacer una transferencia o viajar al extranjero terminen viendo en ellos una nueva manera de relacionarse con los servicios bancarios cuyo planteamiento les resulta más atractivo que el de unos bancos tradicionales, lastrados además por un planteamiento determinado del negocio bancario y por años de mala imagen.

¿Cuál debería ser, por tanto, la actitud de la banca tradicional con respecto al fenómeno fintech? La de estudiar muy directamente su forma de hacer las cosas y utilizarlas como laboratorios de innovación externa. Para un banco tradicional, la noticia no es que una fintech cierre una ronda de financiación exitosa o crezca en número de clientes, sino que sea capaz de presentarse como un “banco sin comisiones” pero, en realidad, plantee un servicio freemium en el que si no pagas nada, estás limitado a una operativa con un nivel bastante insuficiente, y para acceder a un tramo en el que puedas mantener una actividad razonable tengas que pasar a pagar, por ejemplo, 7.99 ó hasta 13.99 euros al mes. Para un directivo de banca tradicional, la idea de que esos mismos clientes que le protestan sus comisiones operación por operación todos los días puedan plantearse pagar esas cantidades porque “no son una comisión sino un servicio extra” debería ser una idea simplemente fascinante y reveladora. Si añadimos en la ecuación cuestiones aparentemente más superficiales, como la nueva tendencia hacia tarjetas metálicas más pesadas que las habituales de plástico y denotativas, se supone, de un estatus superior, la cuestión parece evidente: hay demanda para un tipo de cliente que pretende no solo disponer de un banco que le ofrezca servicios bancarios tradicionales, sino, además, “sentirse” de una manera determinada. ¿Absurdo? ¿Estético? ¿Anecdótico? Lo que quieras, pero que un cierto número de usuarios pasen de protestar diariamente las comisiones de los bancos tradicionales a pagar religiosamente una cuota mensual o anual por una tarjeta determinada es algo que alguien tendría que estudiar con mucho cuidado. ¿Qué hay detrás de una tendencia así?

Y esto, obviamente, es solo un ejemplo. El hecho de que el marketing de la nueva tarjeta de Revolut haga hincapié en la cuidada fabricación de la misma, o que la de N26 tenga una capa interior nada menos que de tungsteno no esconde, evidentemente, que esos símbolos acompañan otras prestaciones, que pueden ir desde sistemas de cashback pagados en una cripotomoneda de tu elección, hasta ventajas especiales para usuarios de work centers como WeWork, o entran en el mundo de los seguros, o incluso lanzan servicios altamente customizados para determinados segmentos de clientes. El caso de la francesa Shine, por ejemplo, resulta especialmente interesante: un enfoque especializado para trabajadores freelance, que ofrece servicios que van desde el registro legal hasta el pago de impuestos, y convierte el proceso prácticamente en algo similar al de darse de alta en una red social. Para determinados colectivos, una cuenta en Shine implica ventajas que, seas runner en Deliveroo, alguien que ofrece sus servicios en Upwork o trabajes directamente con tus clientes, te permiten introducir directamente tu IBAN de Shine en esa plataforma para regularizar todo el proceso, o crear una página desde la que gestionar tu facturación y que permite a tus clientes pagarte con tarjeta.

¿Qué buscamos en un banco? Cada vez más, servicios que pueden llegar a ir mucho más allá de la operativa bancaria tradicional, y que ofrecen una tolerancia al pago muy superior derivada de una percepción de valor añadido, de simplificación de un proceso. Pagar por comodidad, no por decreto, por aquello que realmente valoramos, sea un servicio o una percepción. ¿Dónde puedes esperar que comiencen este tipo de tendencias, cuál es el lugar adecuado para verlas y entenderlas? No en un banco tradicional que las lanza como “un proyecto más” de la mano de alguien que compite por la atención de los directivos con mil proyectos similares, sino en pequeñas compañías fintech que tratan estos servicios como una cuestión de identidad o incluso de vida o muerte. Mientras la gran banca se queja de que la regulación y el compliance no les permite lanzar determinados servicios, algunas fintech se dedican a reinventar esa compliance, a tropezar con la seguridad o a generar a sus clientes problemas derivados de ella sin que ello suponga un tremendo escándalo, porque el hecho de estar explorando nuevos espacios e innovando aparentemente lo justifica. Mientras los bancos tradicionales complican mi vida hasta el infinito con estúpidas tarjetas de coordenadas, ventanas flotantes y sistemas de autenticación que me llevan a pensar que estoy intentando entrar en el maldito Pentágono y están pensados en realidad para protegerse ellas, no a mí, las fintech se dedican a simplificar mi vida y a hacérmela más fácil.

¿Cuántos altos directivos de banca tienen la curiosidad de mantener una cuenta abierta en servicios de fintech y los utilizan con regularidad? ¿Cuántos se dedican a plantearse qué haría falta para que sus organizaciones pudiesen lanzar productos o servicios como los que ven en ellas? ¿Cuántas personas dedica la banca de toda la vida a utilizar a las fintech como fuente de ideas para la innovación a todos los niveles? ¿Están tal vez demasiado ocupados con otras cosas más importantes?

COMPARTIR:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

NO COMMENTS

DEJAR UN COMENTARIO