Jair Bolsonaro y Donald Trump
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Asistimos a una suerte de paradoja central en la política. Líderes autoritarios como Jair Bolsonaro y Donald Trump han contribuido a desacreditar a las instituciones del gobierno que ellos mismos encabezan. Bolsonaro —el presidente de Brasil, a quien se le ha llamado el “Trump de los trópicos”— ha mostrado preocupantes tendencias dictatoriales y, en cierta medida, fascistas. Y, al igual que el presidente de Estados Unidos, denuncia frente a sus seguidores a los órganos del Estado que lidera.

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La paradoja se profundiza cuando se recuerda que ambos líderes se postularon a la presidencia de sus países con una plataforma de ley y orden. A pesar de promocionarse como agentes de la ley, ahora que son presidentes, piden abiertamente una especie de revuelta contra las instituciones que la mantienen y regulan, de tribunales a funcionarios independientes de justicia.

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Solo en las últimas semanas, Bolsonaro despidió al director de la policía federal brasileña, Mauricio Valeixo, y Trump despidió a cinco funcionarios encargados de vigilar y resguardar el Estado de derecho al interior de su gobierno.

Pero hay implicaciones más graves en ambos casos. Después del asesinato de George Floyd a manos de un policía en Minneapolis, Trump ha amenazado con reprimir a los manifestantes e incluso Twitter desplegó una advertencia en uno de los mensajes del presidente estadounidense por “glorificar la violencia”. También Bolsonaro ha alentado la violencia. En una ocasión, durante la campaña presidencial, le sugirió a sus seguidores disparar contra sus adversarios.

En lugar de promover la “ley y el orden”, este tipo de líderes parecen querer transformar el sistema judicial en algo más parecido a una organización mafiosa, entidades que sean leales a ellos. Pero en lugar de brindar la estabilidad prometida, desestabilizan. Son, en pocas palabras, agentes del desorden.

Parece una ironía, entonces, que Bolsonaro haya usado como símbolo de su movimiento a la bandera brasileña: al centro de la insignia del país está inscrito el lema “orden y progreso”.

En este contexto, la historia del fascismo puede brindar analogías útiles para este momento. Y también nos permite establecer distinciones importantes.

Hoy Brasil es una democracia gobernada por un autócrata. La pregunta clave es si Bolsonaro ha alcanzado la fase de movimiento fascista, promoviendo el desorden con el objetivo de imponer el orden dictatorial. Elegido democráticamente, el líder populista de extrema derecha parece jugar a iniciar una guerra civil que convertiría a Brasil en un Estado fuerte y violento. Todo indica que, preocupado por una investigación judicial abierta sobre posibles actividades criminales de su círculo íntimo —que incluye la difusión de noticias falsas—, Bolsonaro pretende que sus seguidores promuevan esta violencia y protesten contra la separación de poderes.

En este punto, el caudillo brasileño se acerca a los líderes fascistas que crearon la fantasía de que la violencia reinaba en las calles y, con esa excusa, impulsaron la formación de milicias fascistas que promovían la mano dura. En otras palabras, establecieron una profecía autocumplida: quienes promovieron el caos y la muerte fueron los que prometieron resolver el problema.

La creación de grupos milicianos se produjo tanto en la Italia de Mussolini como en la Alemania de Hitler antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. En el caso alemán, las camisas pardas y las SS eran civiles armados dentro del partido que luego se incorporaron al Estado.

La formación de grupos paramilitares en las dictaduras es bastante usual, pero el elemento definitivo que acerca a Bolsonaro al fascismo es la defensa de la violencia como un fin en sí mismo. Antes de llegar a la presidencia, Bolsonaro aseguró que el voto no era suficiente para cambiar las cosas y que era necesaria una guerra civil en la que murieran miles de personas.

Algunos de los peores dictadores de la historia llegaron al poder a través de vías electorales y legales. Una vez en el cargo, transformaron las instituciones del Estado en organizaciones leales y, cuando enfrentaron obstáculos, utilizaron la violencia con impunidad. La amenaza de violencia de las milicias armadas o grupos paramilitares de civiles contra las instituciones estatales es a menudo fundamental para el proceso mediante el cual los dictadores se adueñan de las instituciones que hicieron posible que llegaran al poder.

La retórica de Bolsonaro parece inspirada en los regímenes totalitarios de Italia y Alemania, pero también incorpora otros elementos más recientes de líderes autoritarios. Es el caso del presidente venezolano Nicolás Maduro —quien en algún momento ordenó militarizar a un millón y medio de civiles para enfrentar una supuesta invasión estadounidense—. También parece inspirarse en las posturas a favor de las armas de Trump, quien, según algunos expertos, incitó a un grupo de hombres que llevaron armas al Capitolio de Míchigan para pedir la “liberación” de su estado. Argumentar que la libertad se defiende con la violencia ciudadana es grave durante la pandemia porque se corre el riesgo de equiparar la libertad de tránsito con el legítimo anhelo de una reapertura económica. Esa ecuación podría conducir a un resultado catastrófico: más violencia y descontrol y más muertes ocasionadas por COVID-19.

Es importante distinguir entre las distintas fases en la historia de los diferentes movimientos políticos y sociales. Debemos diferenciar entre el momento en que buscan llegar al poder y cuándo estos movimientos finalmente están en el poder.

El fascismo siempre constituye una amenaza. En el presente, esta amenaza es la del fascismo en su fase de movimiento. En esta fase, los fascistas socavan a las instituciones democráticas desde adentro y lo hacen hasta que estas capitulan. Si lo que vemos en Brasil es el fascismo en su fase de movimiento, entonces las aparentes paradojas que enfrentamos pueden ser explicadas. Brasil representa una señal de advertencia para el mundo, y en particular para Estados Unidos en la era de Trump.

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