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Las economías de la región están en cuidados intensivos: el freno a la actividad de consumo cotidiana, el cierre de fronteras y la caída del turismo mundial están enviando a millones de latinoamericanos a las listas del desempleo o han precarizado aún más sus trabajos.

Gracias al margen de maniobra que les otorgó la tardía llegada de la pandemia, muchos Gobiernos fueron rápidos en la toma de medidas para tratar de evitar el colapso de sus sistemas de salud. Las estadísticas muestran cómo afectaron de forma profunda e inmediata a la dinámica laboral habitual, particularmente en los grandes núcleos urbanos.

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A diferencia de lo que sucedió en Europa o los países más ricos de Asia, tanto los contagios como las cuarentenas operan en un contexto de elevada vulnerabilidad. Un estudio del Banco estatal de la República de Colombia, por ejemplo, estima que dos tercios de las pérdidas de empleo en el país se pueden atribuir a “los efectos de la propagación de la enfermedad y al choque agregado negativo que sufrió la economía”, mientras que el tercio restante sería hijo de las restricciones. Y en una región con altas tasas de pobreza e informalidad laboral, la mayoría de habitantes se queda fuera de las redes de seguridad social.

El economista y exministro colombiano José Antonio Ocampo habla ya de una posible “década perdida” para América Latina, al sumar los efectos de la crisis del coronavirus con los cinco años anteriores de crecimiento débil, en los que se dio marcha atrás a la gran reducción de la pobreza de principios de la década pasada. La solución, apunta, pasará por que los gobiernos le apuesten a un mayor gasto público. “Tiene que haber más gastos en salud, en materia de apoyo a los hogares pobres y vulnerables y al empleo. Y hay que hacer una política para apoyar a las pequeñas empresas con subsidios de empleo o créditos de los bancos de desarrollo que les permitan capitalizarse durante la reactivación”, añade.

Pero en el corto plazo, y con Latinoamérica aún en el epicentro de la pandemia, el debate sobre cómo puede operar la economía cotidiana, la del día a día, mientras convive con el virus, se vuelve fundamental. La pregunta es cuáles son las medidas óptimas para que cada lugar minimice al mismo tiempo el contagio y el impacto en las vidas de millones de personas. La respuesta tiene necesariamente que pasar por escuchar las historias de los trabajadores y empresarios que tratan de sobrevivir en medio de la crisis. Estas son cuatro de ellas.

Los restaurantes, intubados por el coronavirus

A Carlos Weinberger lo que le mata es la incertidumbre, el no saber qué sucederá mañana. Sentado en un silla de la terraza vacía de Entrevero, uno de los cuatro restaurantes que regenta su familia en Ciudad de México, el empresario uruguayo de 60 años que llegó a México como exiliado en 1976, dice que las crisis no les son ajenas a los latinoamericanos, que aprenden a vivir con los altibajos de la economía. “Pero esta vez es mucho más complicado. Le tenés que sumar la crisis humanitaria”, advierte. “Es una incertidumbre total hacia el futuro que no sabés cuándo va a cambiar, cuándo va a regresar un ingreso normal con el que podamos sobrevivir todos: los dueños del restorán, los empleados, quien renta la propiedad… En fin, la economía en general”.

Tras permanecer más de tres meses cerrados al público por el coronavirus, sus restaurantes reabrieron en julio, cuando Ciudad de México implementó el semáforo naranja que permitía que los locales de comida funcionaran al 30% de su capacidad, con un horario limitado hasta las 10 de la noche y una ocupación de no más de cuatro personas por mesa. Esas restricciones, sumadas al miedo de los clientes a contagiarse al comer fuera de casa y su menor capacidad de consumo por la crisis, han hecho que sus negocios tengan solo entre el 15% y el 35% de los ingresos previos a la pandemia.

 “A nivel gubernamental hay cero apoyo. Te siguen cobrando absolutamente todos los impuestos. Si no los pagas, te caen. Te cobran intereses, multas… No hay un interés con la gente trabajadora y con los negocios pequeños como estos que generan la mano de obra”, lamenta.

Sus cuatro restaurantes tenían antes de la crisis cerca de 120 empleados. No despidieron a ninguno, pero al menos diez se fueron para buscarse otras fuentes de ingresos.  “Los ingresos han bajado como un 60%”, asegura José Luis Espinosa Soberanes, un joven de 30 años que pagaba su carrera de Comunicación con lo que ganaba limpiando el restaurante. “Ahora lo que gano acá es lo que sigo aportando para mi casa, pero en lo académico me va a afectar. No he podido comprar libros”.

La Cámara Nacional de la Industria Restaurantera de México ha calculado que 1 de cada 4 restaurantes podría cerrar por el impacto de la pandemia, un fuerte golpe para un sector que, antes de esta crisis empleaba a 2,1 millones de personas en el país. “Estamos en una agonía y muchos de nosotros puede ser que terminemos en la muerte”, afirma Carlos Weinberger. Según dice, todos los dueños de restaurantes con los que habla están igual. “Nos están intubando y a ver cuántos salen vivos, más o menos como el coronavirus”.

El tango y el turismo, en cuarentena

María Emilia García Márquez dejó de bailar tango en las calles de Buenos Aires una semana antes de que el Gobierno argentino decretase la cuarentena obligatoria por la pandemia de covid-19. “Me resguardé porque venían muchos turistas y la noticia era todo lo que estaba empezando a suceder en España e Italia”, recuerda esta bailarina de 28 años sobre la incertidumbre que reinaba en Argentina a mitad de marzo, cuando se conocieron los primeros casos de coronavirus, todos importados de Europa. Las milongas, como se conoce a los lugares donde se baila tango, decidieron cerrar también, dada la gran circulación de personas y el estrecho contacto entre ellas.

“No sabíamos que íbamos a estar tanto parados. Pensaba que iban a ser dos meses y por ese tiempo me arreglo con lo que tengo, pero ha sido mucho más”, lamenta García Márquez. Primero se volcó con sus estudios de Derecho, carrera que tiene previsto terminar el año que viene, pero a medida que la cuarentena se extendió y los ahorros se achicaron, empezó a buscar trabajos temporales que fuese posible realizar sin salir de casa. “He estado haciendo algún tipo de asistencia legal, porque no soy abogada todavía, gracias a una conocida de Puerto Rico a quien represento y le hago trámites”, agrega.

Intentó también dar clases de tango online, pero tuvo poco éxito, tanto dentro como fuera del país. “Estuve charlando con alumnos de México, pero parece que allá están aún peor que acá”, dice. En Argentina dio algunas, pero dejó de insistir porque la pérdida de poder adquisitivo de la mayoría de población y la sobreoferta de profesores lo volvieron muy difícil. A día de hoy, su ingreso más estable son los 10.000 pesos (unos 130 dólares) mensuales que recibe del Gobierno por el Ingreso Familiar de Emergencia.

Cree que la pandemia ha dejado al descubierto que el ritmo del 2×4, uno de los mayores reclamos turísticos de Buenos Aires, esconde mucha precariedad. “Muchos chicos que trabajaban en casas de tango se quedaron sin trabajo. Reclamamos por la invisibilización y la falta de ayudas al sector”, concluye.

De actor y productor a la precariedad de Rappi

Cuando comenzó la pandemia, Diego Barceló se sumó a la marea naranja que poblaba las calles de Bogotá, vacías de gente. Era uno más de los domiciliarios que se ganaba la vida en Colombia llevando alimentos hasta la casa de aquellos que sí podían confinarse, un lujo en estos tiempos. Actor de profesión y productor audiovisual, había vuelto en abril desde Ecuador, donde estuvo filmando un cortometraje. Regresaba decidido a pagar unas deudas y a rescatar su sueño de actuar en Estados Unidos, pero lo agarró la cuarentena y la incertidumbre laboral. “Decidí activar la aplicación de Rappi que tenía desde tiempo atrás y agarré una bicicleta para trabajar”, cuenta postrado en una cama con la pierna derecha destrozada por un accidente. Trabajaba de 9 de la mañana a 11 de la noche de domingo a domingo y, sí, claro, “se hacía buena plata”, admite. Unos 400.000 pesos colombianos por semana, poco más de 100 dólares, pero sin ningún tipo de vinculación laboral.

Su historia es la de miles de personas que se han sumado en los últimos meses a las listas del desempleo. En junio, la tasa de desempleo en Colombia fue de 19,8%, casi 2,2 millones de personas más que ese mismo mes en 2019. Y muchos de los que perdieron el trabajo han terminado enrolados en las plataformas de envío a domicilio. Según Rappi, antes de la pandemia, la empresa tenía 20.000 transportistas y durante los meses de cuarentena se sumaron 30.000 más.

La crisis de la covid-19 ha demostrado la importancia de “trabajos desvalorizados” que, con el confinamiento, “han evidenciado su carácter de imprescindibles para la sostenibilidad del sistema económico”, indica un estudio de la Fundación Friedrich Ebert Stiftung Colombia Fescol, que advierte de la “tradicional negación de la condición de trabajadores de los denominados riders” y su falta de protección de sus derechos laborales. Barceló y sus compañeros lo viven cada día. Debido a que no son empleados de la plataforma, no tienen afiliación a la salud en medio de la pandemia. Una encuesta del Observatorio Laboral de la Universidad del Rosario reveló que en 2019 el 53,9% de los transportistas de Rappi no estaba afiliado a la seguridad social en salud y que más del 91% no estaba cubierto ante accidentes de trabajo.

Ese es el caso del actor. En junio, tuvo un accidente mientras llevaba un pedido y, aunque pidió ayuda a la plataforma, dice que nunca le enviaron una ambulancia. Lo más doloroso, asegura, es que la compañía aseguró que no llevaba nada cuando ocurrió el accidente. “¿La app? Nada, ellos dicen que tenemos Administradoras de Riesgos Laborales (ARL) y que eso nos cubre una incapacidad, pero la pagan después de 60 días. ¿Y qué hago yo en este tiempo sin poder moverme para trabajar?”, denuncia el cartagenero. “A nosotros nos sacan entre 3.000 y 6.000 pesos (entre 1 y 2 dólares) dizque para un seguro de accidentes, así que cuando ocurrió llamé y la sorpresa es que según ellos no existe nada de eso”. Rappi dijo que el caso está en estudio y que las personas se conectan y desconectan de la plataforma. “No son empleados de la app, pero quien preste el servicio tiene una póliza de accidentes”.

A pesar de esas dificultades, Barceló dice que no se arrepiente de trabajar ahí. “No tenía opción. Con el mundo de los medios (actuación) parados, esa fue mi única forma de subsistencia. Pero se aprovechan de la necesidad”. Ahora, ha demandado a la plataforma.

Adiós al crossfit

La pandemia en Brasil ha sido cruel con los pequeños negocios, y al menos medio millón de empresas han cerrado sus puertas en el mes de junio por el cambio radical que el virus impuso al país. Un informe del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) muestra que casi 520.000 compañías con hasta 49 empleados no lograron soportar la incertidumbre de la covid-19.

El gimnasio de crossfit de Tiago Zarrattin, Haddock Cross, ha sido una de las víctimas económicas de la pandemia. El empresario de 37 años vivió desde el principio con angustia el confinamiento en la ciudad, que dejó las calles de Sao Paulo vacías. “La falta de un norte de saber qué va a pasar con este tipo de actividad comercial pesó. Está todo indefinido”, explica al justificar su decisión de cerrar su emprendimiento. Su negocio estaba situado en un barrio moderno de clase media de Sao Paulo, en la céntrica avenida Paulista. “Es un local en el que el 80% del público viene de las empresas, que han reducido sus operaciones y han recurrido bastante al teletrabajo. Eso trajo un cambio total de panorama para el gimnasio”, lamenta.

Su esposa, de profesión abogada, mantuvo su empleo a pesar de la crisis económica. “Creo que la gente va a retomar sus actividades en grupo, pero al aire libre o por internet. Puede que reactive el cross training en algún espacio abierto”, evalúa.

El Banco Central proyectó una caída de la actividad económica en Brasil de un 9,1% entre abril y junio, en comparación con el mismo trimestre del año pasado.  Según el informe del IBGE, 795.000 pequeñas empresas quebraron este año por motivos no relacionados a la covid-19.

Con la pandemia estabilizada en algunas ciudades como São Paulo (10.422 muertes para 12 millones de habitantes), la vida trata de volver a la normalidad. Allí, los negocios ya han reabierto, aunque con horarios reducidos y cuidados extras para evitar contagios. Zarrattin sueña con la idea de que la gente vuelva a querer ir a los gimnasios tras los encierros en sus casas. “Aún tengo que esperar para ver cómo reaccionará el público. Al principio, todo el mundo volverá a hacer actividades físicas”, dice. “Pero si hay un brote de covid-19 en el gimnasio, ¿qué? No podemos arriesgar nada ahora”.

Fuente: El País

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