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Davos dejó de ser el lugar donde los líderes de moda, empresariales y políticos, lucían su sintonía con las promesas de la globalización, fue perdiendo en atractivo y, sobre todo, en legitimidad. La crisis económica sacó el lado oscuro del encuentro donde, la desmesura de los nuevos poderes financieros y las inmensas asimetrías sociales iban abriendo una brecha cada vez más elocuente y de la que nadie quiere dar fe.

Demás está mencionar el escandaloso espectáculo de centenares de aviones privados que traen y llevan a quienes allí participan mientras en los países rescatados millones de personas sufrían las políticas de ajuste. Pero de esto tampoco se habla.

Como tampoco nadie explica el porqué España pudiera estar ausente durante más de nueve años. La reciente presencia de Pedro Sánchez ha cerrado al menos este absurdo incomprensible y ha servido para elevar una voz que ha estado cada vez más amortiguada, la socialdemócrata. Que  quede bien claro que las actuales desigualdades son inaceptables y que no habrá un futuro admisible mientras nos enroquemos en el actual modelo neoliberal o en su alternativa proteccionista, es un punto difícil de escuchar.

Sumado a esto las grandes ausencias, como Trump, Macron o la Premier británica marcan que a las grandes potencias poco les importa lo que se habla en el Foro. Los conflictos que obligaron a cada uno de ellos a no acudir tienen todo su origen en la globalización: migraciones (Trump), desesperanza de los perdedores (Macron), nuevas interdependencias (May). Salvo Macron, ninguno de ellos parece haber caído en la cuenta de que los actuales problemas de ingobernabilidad interna solo pueden encontrar una solución a través de la cooperación internacional. Pero ni siquiera acuden al único foro en el que poder hablar de ello.

Angela Merkel si estuvo allí como siempre batallando y dejando bien en claro que la situación ganadora no es la protección de los propios intereses nacionales, sino el tener en cuenta que otros también los tienen. No hay soluciones nacionales para problemas globales. Por tanto, la única opción es el multilateralismo y el abandono de los nacionalismos excluyentes y el proteccionismo.

Al menos una mujer tuvo el valor suficiente de poner en claro que el camino que están tomando las grandes potencias solo sirve para ahogar más a los países emergentes.

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