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El ‘venture capital’ necesita encontrar negocios a largo plazo. Problemas para inversores que buscan algo más que beneficios especulativos.

Un axioma de la industria del capital riesgo dedicada al venture capital es que incluso las mejores ideas pueden echarse a perder con demasiado dinero. La extrema disciplina necesaria para crear un equipo altamente especializado desaparece y entran en escena los incentivos conflictivos cuando hay riqueza instantánea sobre la mesa.

Así, ¿qué sucede cuando la criptomanía invade el capitalismo venture? Nuevos proyectos tecnológicos que habrían tenido dificultades para recaudar 10 millones de dólares en una primera vuelta reciben de pronto un aluvión de liquidez. Siete captaron 100 millones de dólares o más el año pasado, mediante lo que se conoce como ofertas iniciales de moneda (ICO). La primera mega ICO está actualmente en marcha: la aplicación de mensajes codificados Telegram solicita 1.200 millones de dólares.

Como sucedió con la burbuja tecnológica, la mayoría del dinero que entra en las ICO se despilfarrará. Pero ante la posibilidad de que un puñado de negocios reales sobreviva para convertirse en los próximos Facebook y Amazon, cuesta mantenerse al margen.

Es un boom que debería aterrorizar a los inversores del venture capital, ya que ha expuesto limitaciones tanto en sus modelos de financiación como en su visión del mundo. Fueron los maestros de las tecnológicas: sólo Sequoia y Kleiner Perkins invirtieron en Google -únicamente 25 millones de dólares- y la acompañaron a lo más alto. Ahora se empujan en busca de inversiones como cualquier otro.

Un signo de ello es la revelación de que tres de los mayores inversores de venture capital de Silicon Valley -Sequoia, Benchmark y Kleiner Perkins- lideran la ofensiva por Telegram, con compromisos informales de 20 millones de dólares cada uno. En lugar de capital, estas firmas, y otros inversores, compran una divisa cuyo valor reside por completo en la promesa de que un día respaldará una boyante economía digital dentro de Telegram.

Desde el punto de vista de un inversor del venture capital, acostumbrado a apoyar nuevas tecnologías, la criptorrevolución siempre fue algo tecnológico. La tecnología del blockchain ofrecía la posibilidad de construir redes descentralizadas en la mayoría de las áreas de la economía digital, sorteando a los negocios tradicionales.

El potencial sigue infravalorándose. Los bancos hablan de la tecnología del blockchain como algo que hay que dominar y convertir en una herramienta para funciones administrativas, al igual que las grandes empresas de medios de comunicación vieron en una época a Internet sólo como una forma útil de reducir sus costes de distribución.

La revolución del dinero

Lo irónico es que, al centrarse en la tecnología, a muchos destacados inversores de Silicon Valley se les escapó la que ha sido la mayor revolución a corto plazo: la creación de dinero nuevo. El bitcóin siempre fue una especie de hazmerreir en los círculos tecnológicos debido a sus rudimentarios cimientos: seguramente terminaría desmoronándose o viéndose superado por algo diseñado por tecnólogos serios.

No ha sucedido así, al menos no todavía. Pero aunque el bitcóin finalmente aguante, eso no quiere decir que el mundo necesite todas (o la mayoría de) las nuevas criptomonedas, cada una de las cuales apoya una distinta actividad digital. Las start-ups no venden monedas porque lo necesiten, sino porque es la forma más fácil de beneficiarse del aluvión de dinero institucional que inunda todo lo relacionado con la palabra cripto.

Esto ha originado unas distorsiones que tienen como caso más evidente a Ripple, una start-up de seis años que ha creado una interesante tecnología para engrasar las ruedas de los pagos internacionales. Aún no se sabe si la tecnología encontrará un lugar en el mundo de la banca. Varias instituciones han probado la tecnología, aunque no la han aplicado aún.

Pero la moneda de Ripple -llamada XRP- ha cobrado vida propia. Los especuladores que esperan que se convierta en una nueva divisa internacional de reserva hicieron subir su valor a más de 100.000 millones de dólares (desde entonces ha caído a unos 50.000 millones). No sorprende que compañías de software para empresas con modelos de negocio serios que dependen de suscripciones mensuales se lo estén replanteando, y el blockchain causa furor en los mercados verticales, desde los envíos a las cadenas de suministro industriales.

Esto ha generado un rompecabezas para los inversores del venture capital que buscan algo más que beneficios especulativos en la última innovación tecnológica. Aún necesitan encontrar negocios a largo plazo reales e invertir en ellos.

Los mejores de estos negocios crearán comunidades que unan a sus desarrolladores y a grupos más amplios de usuarios con un interés compartido. Pondrán un gran interés en el buen gobierno. Ofrecerán beneficios reales a los usuarios y hallarán formas de incentivarse mutuamente reforzando comportamientos que son buenos para la salud de la red y no sólo la promesa de un plan para enriquecerse deprisa.

Y, al igual que todos los nuevos negocios valiosos, tardarán tiempo en construirse, pero eso no quiere decir que el crecimiento de la criptoburbuja especulativa vaya a frenarse.

POR: RICHARD WATERS | FINANCIAL TIMES

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