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Entre otras muchas cosas la crisis ha sido un poderoso catalizador para la reflexión sobre las causas y consecuencias del descalabro financiero de 2008. Sin embargo, no todos se han atrevido a ir más allá de una somera, y más o menos fehaciente, descripción de los hechos. En El fin de la banca,recientemente publicado en castellano (Taurus), los autores detrás del pseudónimo Jonathan McMillan dan un paso más y abordar con valentía las causas últimas de la crisis, lo que implica poner en cuestionamiento el grueso de ideas que todavía determinan las políticas e instituciones del sistema financiero y monetario.

El libro plantea varias ideas poco convencionales centradas en el tema de la arquitectura financiera, origen de un sistema de incentivos que favorece de manera estructural conductas irresponsables entre bancos y agentes financieros. Centra sus críticas en el sistema de reserva fraccionada, pieza clave para comprender una crisis que es la consecuencia de una concepción equivocada sobre el funcionamiento de los mercados.

Entre otras contribuciones académicas más notables que ha ido en esta línea me gustaría destacar los artículos ex post de Huerta de SotoGetting off the trackde John TaylorFragile by design de CalomirisEl fin de la Alquimia de Mervyn King (que tiene el mérito de hablar de estas cuestiones por parte de un ex-banquero central), el enfoque más general y multidisciplinar de Nassim Taleb, o el blog Alt-M de temas monetarios del economista George Selgin. Con independencia del grado de coincidencia de cada una de las propuestas o la manera de abordar el tema, todos ellos tienen la virtud común de tratar la crisis como algo estructural.

El fin de la banca trata con valentía y claridad la compleja cuestión de cómo alumbrar un sistema financiero más estable, próspero y justo. La tesis principal se centra en cómo poner fin a una banca que opera con reserva fraccionada (regular banking), la parte de los mercados financieros que actúa bajo el enorme privilegio de poder operar con un fondo de maniobra negativo, es decir, de poder cubrir una cartera de crédito con una parte relativamente muy pequeña de capital. De esta forma, esta parte del sistema opera en un entorno de permanente iliquidez, una situación únicamente posible por la existencia de un Banco Central que actúa como prestamista de última instancia, de manera que si la apuesta falla, el banco recibe (necesariamente, para evitar el colapso) fondos ilimitados para que esto no pase. No hace falta un doctorado en economía para darse cuenta que esta asimetría entre ganancias y pérdidas, por mucho que luego quiera corregirse vía legislación (lo cual en muchos casos no hace otra cosa que empeorar las cosas) acaba conduciendo, tarde o temprano, a una situación de colapso/rescate.

Este modelo es tremendamente frágil. El sistema está expuesto a cualquier leve imprevisto, ya que alumbra la posibilidad de que ciertas entidades puedan hacer crecer sus pasivos de forma ilimitada al recaer éstos, en última instancia, sobre un tercero (sí, el siempre sufrido contribuyente). Y por este motivo, es también un sistema muy poco ético ya que el mecanismo de riesgo/recompensa queda absolutamente distorsionado. Si comprendemos que la planificación monetaria y financiera ha sido edificada sobre estas bases tan pobres, la crisis financiera deja de ser un misterio. Por añaduría, este proceso de creación de dinero vía crédito es tremendamente inflacionario, beneficiando de manera muy desigual a aquellos con mucha deuda con respecto a quienes tienen poca o ninguna, aquellos con activos con respecto a los que no tiene activos. Un elemento central que castiga el ahorro y premia el sobre-endeudamiento, y que resulta clave para explicar el auge de la desigualdad y el estancamiento de los salarios en los últimos años.

Este sistema castiga el ahorro y premia el sobre-endeudamiento, y resulta clave para explicar el auge de la desigualdad y el estancamiento de los salarios en los últimos años.

Ante este escenario, los autores reflexionan sobre cómo la revolución digital ha de ser una de las palancas clave en una transición que debería permitir un mejor y más justo reparto de los riesgos del sistema, y también uno más estable. En la primera parte del libro, los autores explican muy bien el papel que la Revolución Digital ha jugado en el descontrol del sistema de los Bancos Centrales, aunque lo cierto es que sin Revolución Digital hubiera habido crisis igualmente, solo que con una menor amplitud de ciclo. El libro describe muy bien los mecanismos por los cuales la banca regulada hizo crecer sus pasivos ante la complacencia de reguladores, supervisores y agencias de calificación.

El fallo inicial en el diagnóstico, confundiendo lo que era una crisis esencialmente estructural y de solvencia con una crisis más bien cíclica y de liquidez, ha hecho que, una vez atenuado el pánico bancario gracias a la decidida intervención de los bancos centrales, desde finales de 2011, el grueso de acciones ha prevenido emprender muchas de las reformas que eran necesarias para que el sistema se robusteciera. Por un lado, se ha utilizado el instrumental de la política monetaria para lidiar contra una crisis (básicamente) económica (balances) que requería de reformas estructurales. Por otro lado, no se ha abordado apenas ningún cambio con respecto a la propia arquitectura del sistema. Se han puesto algunos parches y se han maquillado algunas cosas, pero hemos seguido business as usual. La excusa del QE era evitar una espiral deflacionaria que hiciera impagable la deuda para muchos, pero para haber llevado a cabo esto la salida correcta (también la difícil) era la de emprender reformas, no la de emprender de nuevo una salida hacia delante a expensas de trabajadores (salarios) y ahorradores.

De estos polvos salen los lodos de la pobre y desigual recuperación en este (en teoría) último ciclo expansivo (2011-2018)

De estos polvos salen los lodos de la pobre y desigual recuperación en este (en teoría) último ciclo expansivo (2011-2018) caracterizado por un bajo crecimiento, estancamiento de los salarios y una acumulación creciente de riesgos (binomio deuda/inflación de nuevo funcionando a pleno rendimiento).

Por eso resulta fundamental centrar bien el debate en torno a las bases del sistema bancario. Para los autores, la revolución digital supone una oportunidad para favorecer una transición hacia un sistema financiero sin banca (con reserva fraccionada) y por lo tanto sin este “pecado original” origen de multitud de perversiones. El objetivo es que el sistema financiero se vuelva a centrar en su función principal, que no es otra que la de intermediación entre ahorro e inversiónpara una buena custodia y protección de lo primero.

Los jóvenes autores de El fin de la banca proponen separar las actividades de crédito con la creación de dinero, que es lo equivalente a plantear el final de la banca con reserva fraccionada (de ahí el título); lo que no quiere decir que la actividad bancaria, que se lleva realizando desde la antigüedad, vaya a desaparecer. En esta tarea la revolución digital resulta una pieza clave. Internet ha servido de base para multitud de plataformas que permiten poner en contacto el ahorro con la inversión, función principal del sistema financiero, y que lo están haciendo manteniendo una asimetría entre el nivel de riesgo y la recompensa, y de una manera más descentralizada. El crowdlending, el crowfunding, o incluso Bitcoin, están poniendo en jaque a la banca tradicional dando color y mayor libertad y dinamismo a los mercados financieros.

Mientras estos nuevos mercados se abren camino, la vieja banca con reserva fraccionada tiene que, poco a poco, someterse a la disciplina de una norma tan simple como que el valor total de los activos reales tiene que ser superior o igual al de los pasivos. Una norma de solvencia patrimonial que debe complementarse con una dimensión sistémica por la cual esto tiene que ser cierto en un escenario estresada. En suma, se trata de someter a la banca, de forma paulatina, a la misma disciplina de mercado en la que operan el resto de agentes económicos.

Al margen de alguna critica de carácter académico, o algunas propuestas que pueden ser mejoradas, se trata de una interesante lectura para todos aquellos interesados en el futuro de los mercados financieros.

Reseña del libro El fin de la banca, Jonathan McMillan (Taurus, 2018).

Escrito por: Luís Torras, Economista, consultor financiero y gestor de fondos.

Fuente: WEF

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