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Por: Enrrique Dans

El revuelo organizado por el artículo escrito por uno de los cofundadores originales de Facebook, Chris Hughes, sobre la necesidad de romper Facebook para ponerla bajo control y evitar sus perniciosos efectos sobre la sociedad y la democracia, contestado ya por el Vice-Presidente de Global Affairs and Communications de la compañía, Nick Clegg, está dejando un poso inesperado, pero con mucho sentido: la idea de que no se trata de romper Facebook para que podamos irnos a otras redes y reemplazarla en sus funciones, sino de que, realmente, no necesitamos el social media, o al menos, no el social media planteado de esa manera.

El año 2018 hizo mucho daño. Son muchos, de hecho, los que lo consideran el momento de la caída del caballo, el despertar con resaca de la fiesta social de los años anteriores en el que, de repente, te levantas y te das cuenta de que la privacidad no existe, de que cualquier cosa que compartas te genera una inmensidad de basura porque lo que has dicho o porque la imagen que se veía borrosa en el fondo de la foto de tu salón ha sido vendida al mejor postor, que hay un imbécil en la Casa Blanca y otro en el Palácio da Alvorada, que la democracia ha sido manipulada hasta límites asquerosos, que vives en un permanente y asqueroso concurso de popularidad y que te rodean ejércitos de influencers de mierda haciendo el ridículo y vendiendo la ética y la moral que nunca tuvieron ni tiempo de desarrollar. Para muchos, 2018 puede haber sido el último año del social media tal y como lo conocemos.

Los usos y costumbres de los más jóvenes están cambiando rápidamente, como respuesta a un concepto de redes que les agobian, que consideran la negación de lo genuino, de lo que debería entenderse por social. Si hace algún tiempo parecía que simplemente dejaban Facebook porque era de viejos, ahora muchos simplemente dejan las redes sociales. Así, completamente. Personas que simplemente piensan que el social media no les aporta nada, o nada positivo. Que no lo necesitan.

Las redes sociales en general, y Facebook en particular se sostienen gracias a una gran masa de desinformados y, sobre todo, a unas compañías que las consideran lo mejor que se ha inventado desde que el pan viene en rebanadas, simplemente porque les permite invadir la privacidad de los posibles clientes hasta el límite y hacer publicidad con un modelo de francotirador. Que a las personas, por lo general, no nos guste estar en un punto de mira es, para ellos, lo de menos.

Los excesos se pagan. Siempre he pensado que las redes sociales cumplen una función importante, que el ser humano es social por naturaleza y que las redes eran un desarrollo natural que ayudaba a sublimar esa sociabilidad. Sin embargo, la actual fisonomía actual de las redes sociales me genera hartazgo, cansancio, preocupación y más problemas que satisfacciones. Su vinculación con la monetización de la información me parece completamente insostenible: no veo mal que se pueda vincular un modelo de negocio basado en el análisis de la información a muchas cosas, que pueda generar valor si se explota de manera consciente y sensible, pero sinceramente, cada día dudo más que pueda aplicarse a las redes sociales. En muchos sentidos, el social media murió cuando dejó de ser social y se convirtió en una explotación constante, cuando dejamos de ser usuarios y nos convertimos en producto.

Dudo que esa reflexión sea final. Creo que hay espacio para otro tipo de redes sociales. Diferentes, con otro modelo de negocio más mesurado. O sin él. Que no dejaremos de utilizar internet para compartir cosas que hacemos, que decimos, que pensamos. Pero he pasado a desear que el estatus actual cambie, que desaparezcan algunas cosas y que, si son sustituidas por otras, estas sean completamente distintas.

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