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Ya tenemos cierta noción de cómo la digitalización, y en particular tecnologías nuevas, como el machine learning, el análisis de Big Data o el Internet de las Cosas, van a revolucionar los modelos de negocio de las empresas y cómo los están transformando ya a gran escala. Así pues, llegados a este punto, es momento de examinar en mayor detalle las transformaciones a las que asistiremos en nuestro entorno de trabajo y el papel que desempeñaremos en él nosotros, los humanos.

Según una encuesta realizada por Gallup, un 37% de los millennials se muestran preocupados ante la perspectiva de perder su trabajo a manos de inteligencias artificiales a lo largo de los próximos 20 años. Curiosamente, estudios como el realizado por el instituto alemán ZEW (Zentrum für Europäische Wirtschaftsforschung o Centro Europeo para la Investigación Económica) han desvelado que las empresas que invierten en proyectos de digitalización generan un número significativamente mayor de puestos de trabajo que las compañías que no lo hacen.

¿Cuántas de las profesiones que conocemos hoy en día seguirán existiendo en el futuro? ¿Qué actividades humanas pueden verse completamente automatizadas por máquinas o sistemas de machine learning? ¿Qué labores nos quedarán a los humanos?

¿El futuro del trabajo?

Todas estas preguntas son muy válidas. Sin embargo, “allí donde hay peligro, crece también lo que nos salva”. El poeta alemán Friedrich Hölderlin ya lo tenía claro en el S.XIX. Por lo que a mí respecta, me considero un optimista de lo tecnológico: el uso de las nuevas tecnologías para fomentar una mayor comodidad para el consumidor, como es el caso de las tiendas sin dependientes Amazon Go, resultará en cambios en cómo y dónde se crea empleo. A la hora de pensar en el trabajo del mañana, no es constructivo basar el diálogo en las estructuras que existen hoy en día. Más bien, deberíamos preguntarnos una pregunta completamente diferente, a saber: ¿qué está cambiando en el entorno de trabajo actual, tanto a nivel organizativo como cualitativo?

Así, en el ámbito de la producción industrial, por ejemplo, muchas de las tareas realizadas por humanos han cambiado poco con los años, en lo que respecta a los flujos de trabajo. Incluso las actividades de médicos, abogados o taxistas apenas han cambiado en la última década, al menos en lo que respecta a sus procesos fundamentales. Solo ciertos componentes de estos procesos han pasado a ser realizados por máquinas, o cuando menos, complementados por máquinas. Sin embargo, en la era de la digitalización, la gente hace mucho más que simplemente hacer de engranaje entre una máquina y la siguiente.

Creo que es posible volver a humanizar el trabajo, por así decir, y hacer de nuestras destrezas únicas como seres humanos algo incluso más importante. Hasta ahora, la principal limitación para el acceso a las tecnologías digitales era la capacidad de las máquinas. Las interfaces de nuestros sistemas ya no están determinadas por máquinas; en el futuro los humanos serán el punto de partida.

Gracias a las nuevas posibilidades tecnológicas de las que disfrutamos y a la mayor capacidad de computación de la que disponemos, el trabajo del futuro estará más centrado en las personas y menos en las máquinas.

Redefiniendo la relación entre humanos y máquinas

Los avances en la interacción entre humanos y máquinas se están produciendo a un ritmo fulgurante y sus repercusiones ya se están haciendo notar en cómo trabajamos. En el futuro, la tecnología puede pasar a ser una parte mucho más natural de nuestro entorno de trabajo y que podrá activarse mediante múltiples métodos diferentes: comandos por voz, por vista, tacto e incluso el olfato. Tomemos como ejemplo las tecnologías de comandos por voz, un ámbito que está viviendo una auténtica revolución. Los sistemas actuales de comandos por voz son capaces de comprender, interpretar y responder en conversaciones de una forma completamente profesional, lo que hace que muchos procesos profesionales sean mucho más fáciles de llevar a cabo. Así, a finales de 2018, los comandos por voz habrán transformado significativamente nuestra forma de desarrollar dispositivos y aplicaciones. Uno ya puede hacerse cierta idea de en qué se traduce esto con cierto detalle.

Por ejemplo, la NASA ha puesto a Amazon Alexa al cargo de programar el uso de sus salas de reuniones. Así, quienquiera que necesite usar una tan solo tendrá que pedírselo a Alexa y el resto sucede automáticamente. Los comandos por voz permiten también aumentar enormemente la productividad de las teleconferencias. El servicio AWS Transcribe, por ejemplo, permite ir creando transcripciones de las reuniones al momento, que posteriormente se envían a todos los participantes.

El proveedor de software FME, por su parte, utiliza tecnologías de comandos por voz para ofrecer a sus clientes innovadoras aplicaciones. Así, por ejemplo, los usuarios pueden recurrir a Alexa para que les explique tareas de OpenText Documentum. Este es un recurso del que las empresas pueden valerse para acelerar y abaratar el proceso de incorporación de nuevos empleados. En la compañía farmacéutica AstraZeneca ya encontramos un planteamiento similar, ya que también recurre a Alexa para sus procesos de producción: los trabajadores pueden realizar preguntas a Alexa sobre procesos rutinarios y así confirmar qué es lo que tienen que hacer a continuación.

Por supuesto, las responsabilidades y organigramas de las empresas irán cambiando como fruto de estas tecnologías. Y también es posible utilizar estos recursos para tareas administrativas y transformarlos en actividades que vayan en beneficio del cliente. En el futuro probablemente necesitemos muchos más “arquitectos”, “desarrolladores”, “creativos”, “expertos en relaciones”, “especialistas en plataformas” y “analistas” y cada vez menos gente que tiene que realizar tareas siguiendo pasos predeterminados, así como menos “administradores”. Al transformarse en algo que conecte mejor con la necesidad de los seres humanos de crear y dar forma a las cosas, el trabajo del futuro podría convertirse en algo que podamos disfrutar más y que nos haga sentir más realizados.

Expandiendo el mundo digital

Este nuevo paradigma de interrelación entre máquinas y humanos tiene otra consecuencia importante: incrementará significativamente el número de personas que pueden participar en la creación de valor digital: ancianos, usuarios que actualmente no tiene acceso a ordenadores ni smartphones, usuarios que encuentran los smartphones demasiado complejos y usuarios no alfabetizados en países en vías de desarrollo.

Un buen ejemplo de este último caso es el de los productores de arroz que trabajan con el International Rice Research Institute (o Instituto Internacional para Investigación sobre el Arroz), una organización con sede en Manila, en Filipinas. Esta institución tiene como misión combatir la pobreza, el hambre y la malnutrición, haciendo más llevaderos el trabajo y la vida de los productores de arroz. Así, los productores de arroz pueden acceder a información a la que normalmente no tendrían acceso por su cuenta. Todas las aldeas cuentan con un teléfono y, a través de él, los granjeros pueden acceder a estos conocimientos y seleccionar su dialecto en un menú y describir el tipo de cultivo que tienen a su cargo. Este servicio está basado en un sistema de machine learning. El servicio genera recomendaciones sobre cuánto fertilizante hace falta y cuál es el mejor momento para la siembra.

Hasta ahora no hemos hecho sino ver un atisbo de las posibilidades que estas tecnologías traen consigo para el mundo laboral. Sin embargo, ya han dejado claro que lo más probable es que la calidad de nuestro trabajo vaya en aumento y que la tecnología nos permita realizar múltiples actividades que hoy nos resultan inimaginables. En un futuro, la humanidad podrá realizar sus actividades de una forma que se aproxime mucho más a nuestra naturaleza creativa que los métodos que empleamos actualmente. Creo que si realmente queremos hacer justicia al analizar las posibilidades de las tecnologías para el futuro, deberíamos hacer como Hölderlin y tener fe en algo que nos salvará, al tiempo que minimizamos los riesgos buscando comprender y canalizar mejor los cambios que traerán consigo.

Fuente: WEF/El País

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