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Hace 45 años el hombre pisaba la luna por primera vez y la humanidad completa siguió los movimientos de Neil Armstrong, caminando en cámara lenta por la superficie lunar.

Pero que pasó en todos estos años que, el hombre logró avances impensables, no volvió a caminar sobre la Luna.

En el año 1969, el programa Apollo se gestó en medio de la Guerra Fría, en un momento en que Estados Unidos y la Unión Soviética competían ferozmente por demostrar quién lideraba el desarrollo científico y tecnológico. Con Kennedy en el gobierno, los soviéticos lograron lanzar primero un satélite al espacio, enviando al primer cosmonauta al espacio.

Kennedy no lo podía consentir y aceleró la puesta en marcha de la misión Apollo.

Eso era posible gracias a que EEUU llevaban trabajando en el desarrollo tecnológico espacial desde hacía mucho tiempo y tenían a punto el motor F-1, el más poderoso jamás construido, que permitió fabricar el Saturno V Luna, un cohete espacial.

Fue así como los americanos lograron poner su bandera en la Luna en 1969.

Luego de ello el presidente Nixon rebajó la partida de la NASA drásticamente; en los 80, aunque Reagan era un apasionado del espacio, no fue capaz de aumentar la financiación. Bush intentó lanzar un programa de nuevo para llevar a la Nasa a la Luna y a Marte, pero se lo dieron de baja en el Congreso. Clinton no quería ni oír hablar de exploración espacial, y después el accidente del trasbordador espacial Challenger, que acabó con la vida de siete astronautas, pensar en poner a gente de nuevo en la Luna se hizo aún más difícil. George W Bush Jr anunció que pondría en marcha el proyecto Constellation, con el que pretendía que la Nasa regresara a nuestro satélite en 2020. Sin embargo, retrasos en la financiación fue demorando el proyecto hasta que Obama decidió guardarlo en un cajón y reorientar la estrategia de la Nasa para enfocar sus esfuerzos en llegar a Marte.

Trump ha anunciado que quiere volver a la Luna para permanecer temporadas allí. La Agencia espacial europea también prevé establecer una colonia humana permanente en la Luna, así como Rusia quiere enviar un cohete turístico que dé vueltas alrededor de la Luna a razón de 100 millones de dólares el billete. China asegura que quiera alunizar un taikonauta (la versión china del astronauta) entre 2025 y 2039, e incluso la India planea una misión con destino el satélite terrestre.

A ello se suman las empresas privadas que están invirtiendo recursos para visitar y explotar la Luna.

Entre las misiones privadas se encuentran las cinco candidatas a ganar el Google Lunar X Prize, que otorgará veinte millones de dólares (unos 17 millones de euros) al primer equipo que consiga hacer aterrizar un vehículo en la Luna, recorrer 500 metros y transmitir vídeos y fotos a la Tierra. En una prueba de que la carrera a la Luna se ha globalizado, las cinco finalistas son de EE.UU., Japón, India e Israel, además de un consorcio internacional.

El proyecto de la empresa Space X de enviar los dos primeros turistas a la Luna a finales del 2018 tendrá que relegarse a  2019 o 2020.

En cuanto a las misiones de agencias públicas, la primera en despegar será la india Chandrayaan-2, que incluye un satélite que se situará en órbita alrededor de la Luna, un lander que aterrizará en su superficie y un rover que circulará por ella. Con el lanzamiento programado para marzo, será la segunda ­misión a la Luna de la Organización de Investigación Espacial India (ISRO, por sus iniciales en inglés) y confirma la ambición del país de convertirse en potencia espacial.

Unos meses más tarde China tiene previsto lanzar la misión Chang’e 5, que debe aterrizar en la superficie lunar, recoger dos kilos de rocas y traerlas a la Tierra. La misión, que se enmarca en un ambicioso programa de exploración que culminará previsiblemente con el envío de astronautas a la Luna, debía lanzarse inicialmente en noviembre de 2017 con un cohete Larga Marcha 5 –que entró en servicio en 2016 y es el más potente que tiene China–. Pero el lanzamiento fallido de un cohete de este modelo este verano, en el que se perdió el satélite que iba a bordo, ha obligado a aplazar la misión lunar a la espera de identificar y corregir la causa del fallo. China aún no ha anunciado la nueva fecha de lanzamiento y no se descarta que se retrase a 2019.

Los próximos meses también serán cruciales para las ambiciones de exploración lunar de Estados Unidos. Después de que Donald Trump anunciara el 11 de diciembre que la NASA volverá a enviar astronautas a la Luna, en febrero se sabrá qué presupuesto propone destinar la Casa Blanca a este objetivo en el 2019 y para qué acciones concretas. Según adelantó Trump, el plan prevé colaborar con compañías privadas y con otros países, y tiene como objetivo a largo plazo preparar un futuro viaje tripulado a Marte.

En la misma línea, la Agencia Espacial Europea (ESA) sigue impulsando su proyecto Moon Village, que intenta crear un marco de cooperación pacífica en la Luna en un momento en que el espacio se está abriendo al sector privado. “El concepto de Moon Village intenta transformar en acciones concretas el cambio de paradigma que estamos viendo en las actividades espaciales”, ha escrito Jan Woerner, director general de la ESA, en la web de la agencia. El objetivo –señala– es “crear un entorno donde tanto la cooperación internacional como la comercialización del espacio puedan prosperar”. Entre las posibles iniciatias comerciales, Woerner cita explícitamente “actividades tecnológicas, pero también actividades basadas en explotar recursos o incluso el turismo”.

Estimular iniciativas privadas en el espacio era precisamente el objetivo inicial del Google Lunar X Prize, organizado por XPRIZE y financiado por Google. Cuando se anunció en el 2007, la fecha límite para llegar a la Luna, circular por su superficie y enviar imágenes era el 31 de diciembre de 2012. Pero, ante los progresos realizados por algunos de los 33 equipos inicialmente inscritos, y la imposibilidad de llegar a la Luna en el plazo previsto, la fecha se ha retrasado en cinco ocasiones. En este momento, la fecha límite para ganar el premio es el 31 de marzo de 2018.

“Tenemos prevista una ventana de lanzamiento que nos dé suficiente tiempo para completar la misión antes del 31 de marzo”, ha declarado por correo electrónico Tomoya Mori, portavoz del equipo japonés Hakuto –en el que trabajan tres ingenieros y una ingeniera españoles, entre ellos Oriol Gásquez, formado en la Universitat Politècnica de Catalunya–.

También el equipo indio IndoTeam, cuya sonda partirá en el mismo cohete que la japonesa, debería llegar con tiempo para completar la misión antes de la fecha límite. Viajar en el mismo cohete hace prever un sprint final entre el vehículo indio y el japonés en la segunda quincena de marzo para ver cuál es el primero que recorre los 500 metros sobre la superficie lunar.

Además de los 20 millones de dólares que recibirá el ganador, se otorgarán otros cinco millones al segundo clasificado y cinco millones más en premios adicionales hasta un total de 30 millones de dólares (unos 25 millones de euros).

Los otros tres participantes que quedan en liza –Moon Express de EE.UU., Team Space IL de Israel y el equipo internacional Synergy Moon– no han precisado aún una fecha de lanzamiento, aunque todos ellos tienen cohetes contratados para lanzar sus misiones. Entre los 33 equipos inicialmente inscritos, estaba el Barcelona Moon Team, liderado por el emprendedor Xavier Claramunt, que abandonó el proyecto en el 2014.

Ninguno de los cinco finalistas tiene como objetivo principal ganar el Google Lunar X Prize. Aunque todos ellos han surgido a raíz del premio, su visión va más allá de llegar a la Luna en el 2018 y circular medio kilómetro.

El equipo Hakuto, por ejemplo, vinculado a la empresa iSpace, ha conseguido donaciones por valor de 90,2 millones de dólares (75,8 millones de euros) para continuar la exploración lunar con dos nuevas misiones en 2020.

El equipo Moon Express, que ha instalado su sede en el Centro Espacial Kennedy en Florida y trabaja en estrecha colaboración con la NASA, también tiene otras dos misiones previstas en los próximos dos años. Su objetivo –al igual que el de iSpace– es explotar hidrógeno, oxígeno y otros recursos lunares para producir aire, agua y combustible para futuras misiones.

El Tratado del Espacio Exterior, firmado en 1967, prohíbe que nadie reclame la soberanía de territorios extraterrestres. También establece que el espacio debe ser “para el beneficio de toda la humanidad”. Sin embargo, no prohíbe extraer los recursos de la Luna o de otros astros, adjudicarse su propiedad y venderlos.

 

 

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