Fotografía: Archivo TyN Magazine
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El 9 de enero de 2007 el mundo no dejó de ser ese lugar delirante y salvaje, maravilloso y sorprendente, anodino y sofisticado que solía ser. Pero sí cambió radicalmente. Ese día, un hombre vestido con jeans azules, zapatillas deportivas en blanco y un jersey negro que provenía de los desvaríos de la moda de la década de 1990, ingresó por el lado derecho del escenario dispuesto en el Moscone Convention Center de San Francisco, California, y lo hizo, en principio, con un dejo de gravedad que no solía ser inusual en él, pero que, delante de un auditorio compuesto en su mayoría por periodistas de todo el planeta, parecía sutil y teatralmente ensayado, tal y como si cargase el peso del mundo en sus hombros y, en realidad, algunos meses antes se había liberado al fin de ese peso.

Mientras se encaminaba al centro del escenario, en medio del cual flotaba una manzana mordida que simulaba estar suspendida en algún punto del universo y eclipsaba el brillo del sol, mantuvo la cabeza mirando al suelo, como si cavilara aún en el discurso que tenía que ofrecer, cuando en realidad lo tenía en la memoria cual si fuese la más simple o la más compleja sinfonía de Mozart.

“Este es el día por el que he esperado dos años y medio”, dijo mientras mantenía sus manos unidas y luego hizo una pausa breve que, sin embargo, pareció repleta de drama. Sin dejar de mirar al suelo, separó entonces sus manos, abrió los brazos y continuó: “Cada cierto tiempo surge un producto revolucionario que a su llegada lo cambia todo…” El nombre de aquel hombre era Steve Jobs y el producto al que se refería, que en ese momento sólo unos cuantos habían visto, era el iPhone, un teléfono inteligente que, de acuerdo con los rumores que habían circulado desde meses atrás, habría de revolucionar a la industria de la telefonía móvil. Y no sólo eso: también al mundo.

Las palabras de Jobs, el CEO de Apple Computer, Inc. –que ese día pasó a llamarse simplemente Apple Inc.– tenían un halo de superchería mezclada con la soberbia de la que solía hacer más gala en privado que en público y, no obstante, no la contenía del todo. Es sólo que, pronunciadas delante de un auditorio repleto de entusiastas y acólitos, parecían provenir de la boca de un profeta cuando no de un mesías: un ser divino cuyo reino no pertenecía a este mundo.

Jobs, sin embargo, había nacido en la Tierra y era tan terrenal como cualquier otro ser humano, si bien su visión del futuro era la de un ajedrecista consumado que podía predecir el orden sucesorio de 14, 15… quizá hasta 20 jugadas por venir. Y cuando aquella mañana fría de San Francisco aseguró que el iPhone lo cambiaría todo, no fanfarroneaba ni mentía. Las presentaciones teatrales de productos tecnológicos que él creó cuando en 1984 presentó la computadora Macintosh, se volvieron una norma en la industria al punto de rivalizar, en convocatoria y trascendencia, con los lanzamientos que de cada nuevo álbum protagonizaban los rockstars.

La invención del iPhone fue el canto del cisne de Steve Jobs: después de presentarlo el invierno de 2007, tan sólo viviría algo menos de cinco años más. El día de hoy, en el auditorio que lleva su nombre en el nuevo campus de Apple en la ciudad de CupertinoCalifornia, se presenta la edición 11 del artefacto que él presumió lo cambiaría todo. Y en verdad lo hizo, pero la sorpresa o las sorpresas que hoy devele Tim Cook en modo alguno podrán compararse con aquel dispositivo, hoy un dinosaurio extinto, que hizo arquear cejas, abrir bocas y en algún caso proferir maldiciones.

“Cada cierto tiempo surge un producto revolucionario que a su llegada lo cambia todo…” No será ese día hoy, Steve, tenlo por seguro. Pero, al igual que hace 12 años, el mundo asistirá a través de los sorprendentes Huawei P30 Pro, de los no menos intimidantes Galaxy 10 Note+ de Samsung, de los humildes Xiaomi o los sofisticados y hoy defenestrados Motorola, a la espera de un nuevo milagro.

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