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Ya pocos en las principales ciudades chinas recuerdan el color azul del cielo. La dependencia masiva del consumo del carbón como fuente energética es responsable de los graves problemas de contaminación en las grandes urbes, con efectos serios sobre la gestión de la sanidad pública y la imagen del país en el exterior.

Sin embargo, la descarbonización de China comienza a ser efectiva, lo que hace pensar que en el próximo lustro la situación podría mejorar sustancialmente. El presidente, Xi Jinping, considera la lucha contra el cambio climático una cuestión prioritaria en la transición del país hacia una economía avanzada y casos como el de Taiyuan, capital de la provincia de Shanxi, donde se ha prohibido hasta el 90% el consumo de carbón, muestran el grado de determinación ante el desafío energético. De hecho, las inversiones en renovables anunciadas a principios de año de 360.000 millones de dólares (unos 309.000 millones de euros) hasta 2020 están en línea con este objetivo, lo que ha convertido a China en el epicentro de la revolución mundial en energía limpia, sobrepasando en la carrera a Estados Unidos y a Europa.

China está apostando por la innovación y el consumo privado como nuevos motores del crecimiento económico, y la aplicación de ambas palancas en cuestiones relativas al cambio climático ha supuesto que el mercado de vehículos eléctricos tenga sus ojos puestos en el país. Esta tendencia pone de manifiesto un cambio de dirección de la demanda en renovables hacia Oriente, y las ventas del sector así lo demuestran. En 2016, Pekín se posicionaba como líder indiscutible del mercado de vehículos eléctricos con 352.000 unidades vendidas, lejos de los 159.000 coches que registraba Estados Unidos. Y el objetivo chino es seguir avanzando, ya que el país más contaminante del mundo ha establecido que los vehículos eléctricos representen el 11% del mercado en 2020. Para conseguirlo, las ayudas del Gobierno serán determinantes, con exenciones comprendidas entre 6.000 y 10.000 dólares por coche. A diferencia de la Administración Trump, que está considerando cortar unas subvenciones que rondaban los 7.500 dólares por coche.

Respecto al nivel de consumo global de energía, el dato positivo es que durante los últimos tres años se ha experimentado un menor crecimiento en la demanda mundial, con apenas un incremento del 1% en 2016, según el informe BP Statistical Review of World Energy 2017. En este estudio, China figura como el mercado de mayor crecimiento mundial de energía durante los últimos dieciséis años, y la tendencia se mantiene, pues se estima que alcance el 28% en 2035, desde el 23% actual, mientras que Estados Unidos descenderá su consumo global al 12%, desde el 16% de hoy.

Estas previsiones de consumo refuerzan la necesidad de que el gigante asiático reduzca su dependencia del carbón como principal fuente de energía, y así se recogía en el XII Plan Quinquenal (2011-2015). Sin embargo, no ha sido hasta el actual XIII Plan Quinquenal (2016-2020) cuando se han fijado objetivos concretos como parte del compromiso adquirido por Xi Jinping frente al cambio climático. El reto es reducir la intensidad energética por unidad de PIB un 15%, la emisión de dióxido de carbono por unidad de PIB un 40% – 45% y el consumo de agua un 35%, en línea con los acuerdos alcanzados por el país en la Cumbre del Clima de París. Foro del que el presidente Trump decidiera retirar a Estados Unidos el pasado mes de junio. Esta decisión no implica únicamente que el segundo país más contaminante del mundo abandone la lucha contra el cambio climático, sino que EEUU se quede atrás en las renovables, y lo que es más importante, que pierda peso en la pugna por la gobernanza mundial frente a una China que busca ejercer el liderazgo.

En este proceso de descarbonización, Xi ha apostado por la inversión en I+D de forma determinante, destinando anualmente 100.000 millones de dólares en proyectos nacionales. Esto supone que China invierte en renovables el doble que Estados Unidos y más que este último y la Unión Europea juntos. Pero la estrategia de Pekín incluye también proyectos en el extranjero que alcanzan los 32.000 millones de dólares anuales, con los que la tecnología china en renovables transciende fronteras. Este objetivo forma parte del programa “Hecho en China 2025” diseñado por el presidente, que pretende alcanzar el máximo reconocimiento mundial de los estándares chinos, desechando las referencias de antaño a productos de baja calidad.

A pesar de que las renovables todavía tienen por delante mucho recorrido, representan únicamente el 3,2% de la producción mundial de energía, son la fuente que más rápido crece, con incrementos anuales del 12%, según el citado estudio de BP. Al frente de la energía verde se sitúa China, que lidera el 40% del mercado, más que toda la OCDE junta, sobrepasando en esta transición energética a Estados Unidos como principal productor de energía limpia, además de ser el fabricante del 66% de los paneles solares, el 50% de las turbinas eólicas y ser líder indiscutible en energía hidroeléctrica.

Pensar en el gigante asiático como el líder mundial contra el cambio climático es algo con lo que pocos contaban, es un cambio de paradigma. En energía solar, China superaba a Alemania en 2015 como principal productor global, con pronóstico de triplicar la capacidad instalada para 2020. Como parte de ese liderazgo está la construcción en la provincia de Anhui, rica en carbón, de la mayor planta solar flotante del mundo. Los 166.000 paneles instalados son capaces de generar 40 megavatios y satisfacer las necesidades energéticas de 15.000 hogares. Esta planta es seis veces mayor que la construida en Gran Bretaña hace un año con 23.046 paneles, y capaz de abastecer a 1.800 hogares. De mayor envergadura es la construcción en la meseta tibetana de la mayor fábrica solar del mundo, en la provincia de Qinghai. La planta ha experimentado sucesivas ampliaciones desde 2013 hasta los 27 kilómetros cuadrados actuales, y es capaz de generar 850 megavatios que abastecen de energía a 200.000 hogares. En la práctica, China cuenta además con proyectos de éxito que muestran la capacidad de utilizar un mix de energía verde. Éste es el caso de la prueba realizada el pasado mes de junio en la provincia de Qinghai, que permitió abastecer de energía durante 7 días consecutivos a una población de 5 millones de personas utilizando exclusivamente fuentes renovables de tipo solar, eólica e hidroeléctrica, lo equivalente a 535.000 toneladas de carbón.

Como parte del desafío energético, las multinacionales del sector de las renovables están aprovechando este momentum energético que experimenta China para afianzar su posición en el país, como es el caso de Siemens Gamesa que figura como uno de los principales fabricantes extranjeros en el país. Esta apuesta del gigante asiático por la energía verde debería llevar a que otras empresas españolas bien posicionadas en la esfera mundial tomaran la decisión de desarrollar su huella en el país, ya que tienen a su favor que gestionan el 10,5% de toda la energía eólica del mundo. Además, España ocupa el quinto puesto mundial en capacidad de energía eólica, y es líder mundial en capacidad instalada en energía solar termoeléctrica.

La creciente penetración de las renovables está generando una dinámica económica muy positiva como fuente de generación de empleo, capaz de crear hasta 13 millones de puestos de trabajo, según estimaciones de la Administración Nacional de Energía de China. El Gobierno de Trump, en el otro lado de la balanza, considera que las renovables eliminan puestos de trabajo. Sin embargo, a esta capacidad de las renovables de generar empleo hace referencia el estudio publicado por la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, que considera que el 100% en renovables se puede alcanzar en 2050. España figura entre los 139 países que forman parte del estudio, el cual estima que el país podría cubrir en 2030 el 80% de las necesidades de abastecimiento.

Para poder cumplir con estas previsiones, primero es necesario resolver la dificultad que implica el uso de las energías verdes cuando las plantas de energía renovable se construyen en zonas alejadas de las grandes urbes, lo que supone que se mantenga la utilización del carbón como fuente de suministro principal. No obstante, parece que el principal problema en la transformación energética china son las pérdidas en el transporte de la energía que, según publica la organización Greenpeace, suponen el 17% de la energía eólica en 2016, mientras que en energía solar las pérdidas alcanzan el 50% en los últimos dos años. Un desafío que China parece dispuesta a afrontar dejando a EE UU atrás en la pugna por las renovables.

Fuente: WEF

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