COMPARTIR:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Ante la más profunda crisis de la contemporaneidad, la banca en el mundo – y por supuesto, aquella en América Latina – sigue con el cumplimiento de su misión primaria: Ser un ser custodio de los depósitos del público y a la vez permitir el funcionamiento normal del circuito de pagos de la economía.

Ambas labores exigen profesionalismo, conocimiento de los riesgos y pericia para navegar en unos mercados financieros que hoy son presa de la volatilidad, la iliquidez, el nerviosismo generalizado y una severa cuesta debajo de la oferta productiva, que ya empieza a reflejarse en datos como los auxilios por desempleo en los Estados Unidos. Durante la semana que finalizó el 21 de marzo de 2020, las solicitudes para obtener beneficios por desempleo en dicho país totalizaron cerca de 3.283.000, cifra 1.100% superior a aquella de la semana inmediatamente anterior (alrededor de 282.000). Inclusive, luego de conocerse este dato, la Reserva Federal de San Luis (en Estados Unidos) pronosticó una tasa de desempleo de 32.1% en dicho país en el mediano plazo.

Puente sobre aguas turbulentas

Las últimas semanas de los mercados financieros internacionales han sido de mucha agitación. La volatilidad de los mercados, medida a través del índice VIX es cercana a 39.1%, cuando hace tan solo 1 mes era de 65.5%. Los precios de los activos financieros se han derrumbado rápidamente. Un cálculo sencillo muestra que el índice Dow Jones ha retrocedido en lo corrido del año 2020 casi un 30% borrando prácticamente el auge que se vivió durante el lapso 2016- 2019.

El fenómeno denominado por los estudiosos de la teoría del portafolio financiero en economías abiertas como el “vuelo hacia la calidad” (flight to quality) ha acaecido con mucho interés, cuando los flujos financieros de capital internacional han salido de los mercados emergentes hacia los mercados avanzados. Según lo contabiliza el Institute of International Finance (IIF), la salida de capitales por estos días es superior al peor momento de la crisis financiera de 2008, o de la crisis asiática en 1997, o el llamado tapering en 2014. Esto reduce el financiamiento de las balanzas de pagos y, por definición contable, reduce la liquidez de las economías emergentes de las cuales América Latina no es ajena bajo ninguna circunstancia. De hecho, y según el mismo IIF, Brasil es la economía centro de atención en este fenómeno en el mundo emergente ya que, hasta el momento, registra una salida de capitales de USD 11.378 millones en dos meses de crisis mundial.

Si a esto le sumamos la caída vertiginosa de los precios del petróleo (desde USD 66 por barril (petróleo Brent) a inicios de 2020 hasta los USD 23 al cierre del 30 de marzo) y la baja diversidad de la oferta exportable de América Latina, se configura un delicado coctel de acontecimientos que hacen virar la economía rumbo a sus cuarteles de invierno. De acuerdo a la UNCTAD los flujos de comercio mundial podrían caer entre el 5% y el 15%, lo cual de por sí es un guarismo escalofriante.

Y viene la situación local

La contracción de la liquidez internacional es una mala noticia para todos los actores del sector financiero doméstico, dado que muchos utilizan los mercados para atender los excesos/defectos de liquidez disponible en los mercados accionarios, de títulos soberanos, deuda corporativa o fondos de inversión – ETF. La tensión internacional pronto se convierte en un fenómeno local que se complejiza ante el debilitamiento de las monedas.

Una conjunción de hechos simultáneos donde la población se aprovisiona de efectivo ante la incertidumbre, sumada a que los mercados profesionales experimentan liquidación de posiciones de activos financieros, lleva a un mercado con muchos vendedores y pocos compradores. Adicionalmente, la ingente necesidad de gasto público lleva a que los títulos-valores públicos aumenten sus primas de riesgo y se desvaloricen en los mercados secundarios. En síntesis, la sumatoria de hechos conlleva presiones de liquidez que refuerzan el círculo vicioso inducido por una economía bajo estrés.

Los prestamistas de última instancia cumplen su función

Estas circunstancias han llevado a la imperiosa necesidad de que las entidades estatales que cumplen la función de ser banco de bancos (bancos centrales) intervengan en la economía. Por un lado, han ampliado el espectro de posibilidades de liquidez, mediante ampliación de cupos ordinarios y extraordinarios, abrir la banda para que más actores formales del sector puedan hacer parte de dichos beneficios, así como implementar la compra de títulos públicos y privados para así generar mayores posibilidades de liquidez. Por otro, han rebajado las tasas de interés de política monetaria para reducir la carga financiera de hogares y empresas y lanzar señales de reanimación general.

Bien vale la pena señalar que, contrario a lo que muchos observadores desinformados consideran, estas medidas están lejos beneficiar al sistema financiero exclusivamente. De hecho, son diseñadas e implementadas para el beneficio de la economía, las empresas, el público que tiene sus ahorros disponibles y que en esta temporada de dificultades, espera contar con sus activos rápidamente y sin dilación alguna.

La banca hace su parte cumpliendo su función

Administrar la liquidez del público y mantenerla disponible aún en tiempos de alta tensión económica global es una función que la banca sigue cumpliendo.

El entorno para mantener este puerto es hostil y adverso. Seguramente, desde ya es previsible que la demanda de crédito decrecerá, las refinanciaciones serán más frecuentes, los plazos originalmente pactados se extenderán y, en general, diversas mejoras de condiciones para el deudor se seguirán llevando a cabo. Todas estas acciones necesariamente generan costos erogados del balance general y del patrimonio de la banca, los cuales hoy día se encuentra en capacidad de asumir gracias a varios años de fortalecimiento de su capital para atender eventos adversos inesperados.

Un tema que no puede pasar desapercibido es el mantenimiento del sistema de pagos de la economía. Si bien en una gran cantidad de casos el mismo es una responsabilidad macro de los bancos centrales, desde el punto de vista micro es un frente de batalla directo de la banca. Hoy los bancos tienen todos sus canales digitales abiertos y funcionando al máximo, igualmente en muchos casos las sucursales físicas están abiertas al ser consideradas como un servicio esencial.

Toda esta labor implica que los centros de operación informática y operativa, así como las líneas de atención al consumidor financiero, deban contar con personal físico que siga atendiendo, monitoreando y garantizando la transaccionalidad y operación 24 horas al día y 7 días a la semana.

Esta labor titánica de los bancos, de mantener su operación de negocio a plena cabalidad en estos momentos de incertidumbre, es producto de una gestión de riesgos prudente durante los últimos lustros, sumada a la presencia de marcos normativos de supervisión prudencial, los cuales han facilitado enormemente dicha tarea en muchos países. La Así la institucionalidad bancaria contribuye a la economía, teniendo el sistema de pagos activo y vigente en su máxima capilaridad. He ahí la importancia de la inclusión financiera y la seguridad transaccional en momentos de alta tensión económica.

Aunque al día de hoy desconocemos la duración aproximada de esta recesión económica – que de por sí ya podemos considerarla como recesión-, sí podemos tener certeza de que los bancos están mucho mejor preparados para afrontarla en comparación con la crisis económica de 2007-2008, y que continuarán ejerciendo su labor a capacidad plena.

COMPARTIR:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

NO COMMENTS

DEJAR UN COMENTARIO