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Por: Enrrique Dans

La publicación de una revisión de los objetivos de ingresos de Apple debida a un descenso de las ventas en China y en otros mercados y la fuerte dependencia de la compañía de su producto principal, el iPhone, dio lugar a una fortísima caída del 10% en el precio de sus acciones en el contexto de una caída total del 38% en los últimos 90 días, que generó una interrupción de la cotización. La pérdida de valor de Apple en los últimos tres meses es superior al valor total de una compañía como Facebook. Un escenario así es una auténtica pesadilla para cualquier compañía: una caída en el valor de muchísimos millones, hasta pasar a ser la cuarta compañía más valiosa del mercado cuando hasta hace muy pocos meses era la primera y se congratulaba de haber alcanzado el millón de millones de dólares de valoración… Los resultados de Apple provocaron, lógicamente, una fuerte caída del mercado en su conjunto, como es esperable cuando una compañía que habitualmente pulverizaba sus objetivos trimestrales procede a revisarlos a la baja por primera vez en muchísimo tiempo.

El escenario, sin duda, no es bueno para nadie. La guerra comercial protagonizada por Donald Trump y las acciones contra compañías chinas como Huawei generan una fuerte desestabilización que afecta no solo a Apple, sino a todas las compañías occidentales con interés en el enorme mercado chino, hasta el punto de provocar reacciones directas de boicot a los terminales de Apple genera un panorama disfuncional, inestable y absurdo, en el que todos los riesgos se multiplican. No todo, pero una buena parte del problema que Apple tiene hoy y de los que tendrán otras compañías próximamente se debe al hecho de que la mayor economía del mundo está ahora dirigida por un imbécil caprichoso y corrupto capaz de detener el funcionamiento de toda una administración porque no le autorizan una inversión absurda y demencial en un muro de mierda.

Pero no todo es, por supuesto, responsabilidad de Trump. Apple, además, ha empujado su estrategia hasta el límite: sus dispositivos son ahora tan caros y las mejoras tan marginales, que muchos usuarios prefieren arreglarlos y posponer la compra de uno nuevo, además de provocar problemas en mercados emergentes, en los que muestra un crecimiento más bajo y una retención muy inferior a la de los mercados occidentales. El mercado smartphone ha llegado a su madurez, los terminales están comoditizándose, y Apple es una compañía cuyos resultados dependen enormemente de las ventas del iPhone, con todo lo que ello conlleva. Un problema de crecimiento, con todas las letras, y sin duda, un desafío importante.

Y sin embargo, y a pesar de la coyuntura, creo que la compañía no va a tener un problema en el medio y largo plazo. Mi impresión es que Apple está experimentando un momento delicado, pero que cuenta con todos los ingredientes que necesita para salir de él. Personalmente no invierto en bolsa, pero hoy me parece un momento perfecto para adquirir acciones de Apple. En el escenario futuro de la tecnología y la electrónica de consumo veo a Apple y sus posturas frente a elementos como la privacidad en una posición mucho más sostenible frente a un futuro escenario sin duda más regulado que la del resto de compañías que conozco.

Pero además de eso, la compañía, desde mi punto de vista, sigue mostrando una fuerte vocación de innovación, sigue marcando la agenda de toda la industria de la electrónica de consumo, sigue teniendo la red de distribución más valiosa del mundo, sigue generando más dinero por segundo que nadie, sigue siendo una compañía bien dirigida y con principios, con un epígrafe de servicios cada vez más potente, y sigue invirtiendo significativamente en investigación y desarrollo. Las dimensiones de Apple me generan muy pocas dudas sobre su futuro, y sinceramente, el episodio actual tiende más a provocarme preocupaciones importantes sobre el futuro del contexto de los Estados Unidos y China y sobre su posible impacto en la economía global que sobre el futuro de Apple como compañía.

Que las acciones de una compañía caigan bruscamente no es jamás una buena noticia. Pero en medio de todos los análisis catastrofistas que puedas llegar a leer estos días, el mío no lo es.

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