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El Polo Norte no siempre ha estado al norte. En la historia de la Tierra, los polos magnéticos se han invertido varias veces. La última excursión conocida ocurrió hace unos 40.000 años

Los polos magnéticos están cambiando su posición y podrían estar en un proceso de inversión, lo que supone un riesgo enorme para la tecnología de las comunicaciones

El Polo Norte magnético se mueve unos 50 kilómetros cada año. Actualmente se encuentra en el Ártico canadiense y se prevé que en aproximadamente medio siglo alcance Siberia. Que su posición varíe no es un fenómeno excepcional; a lo largo de la historia terrestre los polos magnéticos han invertido su lugar varias veces, la última hace unos 780.000 años. A veces simplemente se desplazan, sin que llegue a producirse un intercambio completo y acaban volviendo al lugar del que partieron, un fenómeno que los científicos llaman ‘excursión’. La última excursión conocida ocurrió hace unos 40.000 años.

El problema es que cada vez que los polos cambian de lugar el campo magnético que rodea el planeta pierde intensidad, algo que hoy ocurre a un ritmo de un 5% cada década. Este escudo invisible protege la Tierra contra la radiación cósmica y las partículas que bombardean nuestro planeta impulsadas por el viento solar. Tiene su origen en el interior de la Tierra, a unos 3.000 kilómetros de profundidad, y es el resultado del continuo movimiento de metales líquidos a diferentes temperaturas en el núcleo terrestre.

Las inversiones de este tipo no ocurren de la noche a la mañana, sino a lo largo de un proceso que se prolonga durante miles de años, de manera que es poco probable que un apocalipsis geomagnético sea inminente. Además, a día de hoy los científicos no pueden afirmar si la situación responde a una excursión o una inversión completa. Lo que sí es seguro es que un campo magnético debilitado supone una menor protección ante la radiación. “No es el desplazamiento de los polos lo que plantea un problema sino el debilitamiento del campo magnético”, explica Nicolas Thouveny, especialista del Centro Europeo de Investigación en Geociencias en Aix-en-Provence.”Aunque sea imposible afirmar que vaya a tener un efecto radical sobre la biosfera, el daño a nuestras tecnologías será catastrófico”.

Esta pérdida de intensidad implica una amenaza para los sistemas eléctricos mundiales y una mayor vulnerabilidad ante tormentas solares. En una región donde el campo magnético es especialmente débil, la llamada Anomalía del Atlántico Sur, la radiación ya ha provocado daños en algunos satélites. “Es posible que algunas consecuencias se hayan exagerado”, reconoce John Tarduno, profesor de geofísica de la Universidad de Rochester; “es poco probable que una inversión pueda producir una extinción en masa, pero sí deberíamos concentrarnos en los impactos en la sociedad”. Tarduno advierte de que un descenso sostenido de la intensidad en los próximos siglos tendría importantes efectos atmosféricos, “incluyendo la formación de agujeros en la capa ozono, que podrían llevar a un aumento de las tasas de cáncer de piel”.

Tampoco se sabe cómo afectará a los animales que utilizan el campo magnético para identificar sus rutas migratorias, como aves, cetáceos o tortugas. “No es una pregunta fácil de responder”, señala Roswitha Wiltschko, investigadora de la Universidad de Frankfurt y especialista en navegación en el mundo natural, “podría surgir un problema con animales que viajan por recorridos magnéticos innatos, como las aves cuando llegan por primera vez a sus cuarteles de invierno”. No obstante, “las aves perciben la dirección por un mecanismo que no es sensible a la polaridad, sino que registra el curso axial”. En cuanto a otros animales cuya orientación sí responde a la polaridad, la especialista considera que “mientras puedan seguir apoyándose en relaciones aprendidas entre objetos o condiciones, no hay problema”.

Hace unos mil años, una tribu africana de habla bantú en el valle del río Limpopo, entre Botsuana y Zimbabue, llevó a cabo un ritual para purificar sus aldeas. Durante la época de sequías, en ocasiones quemaban sus chozas y graneros de barro para atraer las lluvias que garantizasen la próxima cosecha. Lo que no sabían es que al mismo tiempo estaban aportando una valiosa contribución a la investigación sobre el magnetismo. “Cuando quemas arcilla a temperaturas muy altas, estabilizas los minerales magnéticos que, al enfriarse, conservan un registro de la polaridad de la Tierra”, explica Tarduno, responsable de la investigación. Partiendo de esta base, si además se puede determinar la antigüedad de un objeto o del yacimiento al que pertenece -mediante datación por radiocarbono-, se puede escribir la historia geomagnética.

En este caso, el estudio de las chozas y graneros reveló un área de polaridad invertida bajo el suelo africano, en el límite entre el núcleo y el manto, donde el hierro líquido se encuentra con materiales más rígidos del interior de la Tierra. En esta área, la polaridad es opuesta a la del resto del campo magnético mundial; si se pudiera utilizar una brújula en las profundidades, el norte apuntaría al sur. La actividad inusual del manto africano está cambiando el flujo de hierro líquido en el núcleo inferior, lo que a su vez modifica la forma en la que el campo magnético se comporta en una zona determinada. De acuerdo esta hipótesis “estas anomalías pueden, ocasionalmente, crecer lo suficiente como para dominar todo campo magnético del Hemisferio Sur, provocando a su vez una inversión de los polos”.

 

 

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