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Por: Enrrique Dans

El pasado 8 de marzo, el alcalde de Philadelphia, Jim Kenney, firmó una ley que obliga a los establecimientos en su ciudad a aceptar pagos en metálico a partir del próximo día 1 de julio, con algunas excepciones como los clubs de compras en los que se requiere ser miembro, los aparcamientos o los hoteles y alquileres de vehículos en los que se requiera una tarjeta de crédito como garantía.

La medida muestra la preocupación de algunos políticos con una tendencia creciente, no todavía en España pero sí en numerosos países anglosajones y asiáticos, que algunos critican por ser supuestamente elitista o discriminatoria con respecto a determinados estratos de la sociedad como los mayores, mientras que otros consideran sumamente peligrosa de cara a la privacidad. Hace tiempo ya escribí sobre las variables afectadas, en términos de beneficios y perjuicios, de una sociedad que excluye las transacciones en metálico del sistema económico, y casos como el de Suecia o India, sobre los que también he escrito anteriormente o sobre los que han elaborado también fuentes como el World Economic Forum, dejan claro que hablamos de un tema en fuerte evolución. Establecimientos de última generación como Amazon Go, que pretenden llegar a una expansión de más de tres mil tiendas en el año 2021 y que ya han cerrado acuerdos para estar presentes en muchas ciudades o en aeropuertos, por ejemplo, serían claramente afectados por una ley como la de Philadelphia.

La evidencia es clara: los pagos mediante tarjeta de crédito son cada vez más ubicuos, mecanismos como el pago mediante smartphone o mediante apps como VenmoSwish y otras extienden cada vez más la ubicuidad de este mecanismo incluso para pagos muy pequeños, y muchos vemos cómo ya, en muchos viajes internacionales, no llegamos ni a cambiar dinero en la moneda local o llevamos únicamente algún billete pequeño en el bolsillo por todo dinero en metálico que se eterniza ahí y el día que finalmente lo sacamos, está hasta desgastado. No cabe duda que estamos avanzando rápidamente hacia una sociedad sin dinero en metálico, por razones de comodidad para quien hace los pagos, de economía y seguridad para quien los recibe, y de trazabilidad para unas autoridades interesadas en reducir el impacto de la economía informal. En ese contexto de evolución y difusión tecnológica, lo que muchos comerciantes están haciendo es simplemente dejarse llevar, y esperar, en algunos países, a que la cifra de negocio mediante pagos en metálico haya caído a un volumen escasamente significativo para decidirse a dar el paso y poner un cartel que diga “no cash accepted”, “prohibido el pago en metálico”.

¿Qué hacer ante un proceso así? ¿Legislar para proteger a los supuestos excluidos, a los no bancarizados o a los que no se encuentran cómodos con la tecnología? ¿Obligar a los comerciantes a que mantengan estructuras que cuestan dinero y sacrifican seguridad? ¿Hacernos militantes y reclamar nuestro derecho a pagar en metálico? ¿O simplemente aceptarlo como un signo más de los tiempos que vivimos?

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