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Un reciente estudio sobre la privacidad en Google aseguraba que la compañía de Mountain View recogía datos de sus usuarios incluso cuando no habían iniciado sesión en su cuenta. Es más, utilizando el famoso buscador en modo incógnito (con el que se supone que no se está guardando información sobre los sitios que se visitan), los resultados de la publicidad servida eran prácticamente los mismos que si se navegaba de forma convencional. Es decir, que el anonimato parece reducirse al gorrito y las gafas de espía que Google utiliza para indicar su modo de incógnito. En realidad el estudio no debería sorprender demasiado a cualquier usuario avezado de tecnología. Podría, eso sí, escandalizarnos la desfachatez de los gigantes tecnológicos, que ocultan cada vez menos su avidez por controlar nuestros movimientos hasta el más mínimo detalle. Pero… ahí está su negocio y, como advierten especialistas como Evgeny Mozorov, es el precio que tenemos que pagar por disfrutar de aplicaciones gratuitas y multitud de herramientas que nos hacen (aparentemente) la vida cotidiana más sencilla.

Afortunadamente no todos los que se dedican a recopilar, analizar y estructurar datos son el demonio. Incluso hay quienes lo hacen para construir plataformas que sirvan para aumentar conocimientos o hacer que los servicios públicos funcionen mejor. Esa forma de tratar los datos es la que interesa al físico chileno César Hidalgo, máximo responsable del Grupo de Aprendizaje Colectivo del MIT MediaLab. “Lo que hacemos es intentar entender cómo los equipos, las organizaciones y los países aprenden. Para eso hacemos dos cosas: por un lado tratamos de entender cómo se genera y difunde el conocimiento, y por otro generamos herramientas de visualización e integración de datos para facilitar el aprendizaje dentro de organizaciones y países”, explica Hidalgo. El trabajo de Hidalgo se aplica en múltiples campos, desde estudios macroeconómicos de distintos países, a información sobre salud y educación en el continente africano o acerca de la producción cultural. Todo, además, presentado de una forma clara para que los datos sean no solo comprensibles, sino incluso atractivos.

Nuestra actividad digital permite por primera vez en la historia de las ciencias sociales recoger una gran cantidad de datos para su estudio. Solo a través del teléfono móvil, por ejemplo, es posible saber dónde se encuentra una persona en una ciudad, con qué frecuencia se mueve, en qué horarios… pero si esto lo ampliamos a su tarjeta de la seguridad social, su abono de transportes o sus tarjetas de crédito, la cantidad de información es suficiente como para predecir su comportamiento. Muchos de estos datos han sido cedidos por los usuarios a compañías privadas, otros en cambio se originan a través de las relaciones de los ciudadanos con la administración. Pero, sin embargo, casi nadie sabe cómo consultarlos y muchos menos interpretarlos. Es aquí donde entran en juego las herramientas que Hidalgo y su equipo ponen en funcionamiento: “lo que nosotros estamos haciendo son herramientas que le permitirían a cualquier persona operar de manera estadística directamente sobre los datos que tiene el gobierno. Y en ese contexto generar otro canal que permita tener una comunicación más fluida y basada en la información que está disponible entre los ciudadanos y los funcionarios públicos”. O, dicho de otra forma, utilizar el big data para facilitar las relaciones entre las administraciones públicas y aquellos para los que, en teoría, deben trabajar: sus ciudadanos.

Fuente: El Paìs

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