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Por: Enrrique Dans

En la ilustración, Apple Card, la tarjeta de crédito de Apple. Si te parece que le falta algo, así es: no tiene número. No, no lo busques, no aparece ni por detrás: tampoco tiene CVV a la vista. Ni firma, claro. Eso son cosas del pasado, de cuando la seguridad se basaba en cosas tan peregrinas como números que se podían copiar o firmas que se podían imitar con un garabato. Había tarjetas sin numeración por delante, pero la tenían por detrás. Por supuesto, la tarjeta de Apple tiene número, pero está en tu Apple Wallet, y cuando pagas con ella, como cuando pagas con Apple Pay, el número se genera en el momento y solo es válido para esa transacción, lo que minimiza el peligro de fraude en caso de miradas indiscretas, copia o intercepción de la comunicación.

La tarjeta física es nada menos que de titanio, pero en realidad, únicamente la sacarás de la cartera para enseñársela a alguien o para pagar en alguno de los cada vez menos sitios donde no puedas utilizar tu smartphone (en los Estados Unidos, el pago con smartphone se acepta ya en el 70% de establecimientos, en Canadá y España en el 80%, en UK en el 85%, y en Australia en el 99%). Si la mostrases en algún sitio para pagar, nadie podría copiar nada de ella. Y si la pierdes, pides una nueva en Wallet, y anulas la anterior.

No, por el momento, Apple no se ha convertido en un banco. La tarjeta, exclusivamente por el momento para el mercado norteamericano, la emite Mastercard con Goldman Sachs, pero con ella, Apple ha querido hacer algo más que sacar una simple tarjeta con su logo como podrías hacer cualquier compañía: la compañía afirma en su publicidad que se trata de “un nuevo tipo de tarjeta de crédito creada por Apple, no por un banco”, y en efecto, está especialmente diseñada para su uso en el iPhone, con las ventajas de un producto electrónico o conectado: información de transacciones y analíticas de gasto por período o por categoría en tiempo real, amortización del crédito pendiente en cualquier momento, devolución del 2% del importe gastado – o 3% si es en productos Apple – en forma de Apple Cash (dinero disponible instantáneamente que puede ser gastado en cualquier cosa, o enviado a un amigo con un mensaje), identificación de transacciones mediante Apple Maps, intereses transparentes y que se reducen cuanto más amortizas (aunque aún no han sido publicados), incentivando el que el usuario pague menos intereses, sin ningún tipo de comisiones, y con servicio técnico mediante chat.

Pero sobre todo, añadiendo seguridad gracias a los elementos biométricos y a la tecnología de número único de Apple Pay. Y por encima de todo, privacidad, la palabra mil veces repetida durante toda la presentación de ayer: Apple ni sabe, ni quiere saber lo que has comprado, dónde lo has comprado o cuánto has pagado por ello, y Goldman Sachs, aunque tiene que saberlo para procesarlo, se compromete a no compartir o vender tus datos a nadie.

No olvidemos que la tarjeta es un producto norteamericano, de emisión por el momento exclusiva en los Estados Unidos. Toda comparación tiene que hacerse con respecto a cómo funcionan las tarjetas de crédito en ese mercado, en el que todavía resulta muy habitual utilizarlas constantemente, no recibir prácticamente ninguna información hasta que llega una carta – sí, he dicho carta, de papel, con un sello, un matasellos y esas cosas – a fin de mes para que devuelvas, también por correo, un sobre incluido en ella con un cheque (sí, sí, un cheque, de papel, con una firma) por la cantidad que deseas amortizar. Muchos norteamericanos siguen trabajando así, a vuelta de correo, aunque a cualquier ciudadano de muchos otros países les resulte sorprendente y les parezca ya no de hace décadas, sino casi de hace siglos. Encuadrada en ese contexto y en ese mercado, la experiencia con la tarjeta de Apple no es moderna… es directamente ciencia-ficción.

Como ocurre con todas las ocasiones en las que Apple anuncia la reinvención de algo, no faltarán quienes digan que todos los elementos que anuncia como novedosos ya existían. Sí, tarjetas operadas por marcas las hay en todas partes. Con beneficios como porcentajes de devolución sobre las compras también, aunque no los veías en tiempo real ni te los devolvían instantáneamente. ¿Sin numeración? Ya, pero la tenían por detrás. ¿Sin cuotas? Ya, pero tenían comisiones. ¿Sin comisiones? Bien, pero tenían cuotas. O vendían tus datos. O te estafaban con los tipos de interés. ¿Con información y análisis en tiempo real? Sí, lo ofrecían algunas fintech. Pero tomadas en conjunto, las prestaciones conforman una propuesta difícil de igualar, desplazarán a muchas tarjetas que los usuarios llevaban en su bolsillo, y pondrán las pilas a unos cuantos bancos.

Además, la compañía presentó, como se esperaba, servicios de noticias, de contenidos audiovisuales, de juegos, una versión nueva de la App Store… si quieres utilizar todos los servicios que ofrece la compañía, tendrás que preparar una buena cuota mensual. La Apple de Tim Cook, la que decían algunos que no era capaz de innovar, ha entrado ya en más negocios y reinventado más productos que todos los que reinventó la Apple de la era anterior, la de Steve Jobs, en toda su historia. Y ahora, además, se ha lanzado a por los servicios, lo que implica que todas las compañías con negocios en ese ámbito deberían empezar a pensar qué parte de su cadena de valor puede ser reinventada, repensada y rediseñada para ofrecer una experiencia mejor.

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