Mark Zuckerberg
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Una pinza empieza a cerrarse sobre las grandes empresas tecnológicas, sin que por ahora pueda anticiparse ningún resultado. El día de hoy, en punto de las 14:00 horas, tiempo del Este de los Estados Unidos, el subcomité antimonopolios del Comité Judicial de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, sostendrá una audiencia en torno a la “innovación y las plataformas dominantes”, un par de eufemismos para referirse a la cúpula de Silicon Valley y el desarrollo de nuevas tecnologías.

En la orden del día, en la que se lee “se examinará el impacto del poder de mercado de las plataformas en línea en torno a la innovación y el espíritu emprendedor”, se advierte de la presencia de Adam Cohen, director de Políticas Económicas de Google; Nate Sutton, consejero general adjunto de Litigios y Marco Regulatorio de AmazonMatt Perault, director de Políticas Globales de Desarrollo de Facebook, y Kyle Andeer, vicepresidente de Normas Corporativas y director de Cumplimiento de Apple, todos ellos en calidad de testigos.

En el papel, parecería ser otra más de esas audiencias que tales subcomités deben de realizar de cuando en cuando para justificar su trabajo de cara a los contribuyentes. En el fondo, sin embargo, va mucho más allá. En tanto ocurre unos días después de que Donald Trump sostuviese en la Casa Blanca una reunión en torno a las grandes plataformas de las redes sociales, a las que acusó de mostrar un sesgo terrible y deliberado en detrimento de sus seguidores, está muy lejos de ser una coincidencia. Y ello lo prueba que, el viernes pasado, la Comisión Federal de Comercio (FTC, por sus siglas en inglés) impuso una multa de 5,000 millones de dólares a Facebook por malos manejos de la información de sus usuarios.

A principios del mes pasado, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos acordó iniciar una serie de investigaciones antimonopolio en contra de Apple y Google, mientras que la FTC se encargaría de hacer lo propio con Facebook y Amazon.

Por entonces el horno ya estaba caliente, pero aún faltaba agregarle un ingrediente que calentaría más las cosas. El 18 de junio, Facebook y un grupo de 27 empresas que en su conjunto se hicieron llamar Asociación Libra, anunciaron la creación de una nueva criptomoneda global, con el objetivo no declarado de establecer un mercado alterno de servicios financieros. En ese momento el horno explotó.

Si desde tiempo antes el establishment bancario y financiero mundial ya veía con preocupación el crecimiento y desarrollo de las divisas virtuales, el que la compañía de Mark Zuckerberg liderase un conglomerado que entre otras compañías cuenta a Visa, Mastercard, PayPal, Spotify y Uber entre sus filas, pareció un llamado a la rebelión.

A partir de ese instante, en Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea diversas voces comenzaron a hacerse notar en torno a la creación de la Libra, una iniciativa que en el remoto caso de hacerse realidad bien podría alterar el orden económico mundial y establecer un nuevo sistema financiero. En tales circunstancias, por ejemplo, es como se dio el anuncio de que Christine Lagarde, la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI) es postulada a la presidencia del Banco Central Europeo: el enroque de una dama de hierro para proteger los intereses de Europa.

Este es el contexto en el que parcialmente se inscribe la audiencia del subcomité antimonopolios que tendrá lugar este día en Washington D.C., y que no solamente está impulsada por las balandronadas del presidente Trump, sino que ya comienza a congregar a tirios y troyanos: el ala izquierda y derecha del Congreso no sólo han acercado sus posiciones, sino que ya empiezan a formar un frente común en torno al poder de Silicon Valley, un sitio y una industria que paulatina y silenciosamente ha ido apoderándose del mundo.

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