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Por: Enrrique Dans

Todo indica que Facebook se dispone a presentar su proyecto de criptomoneda el próximo martes 18, un proyecto conocido internamente como Libra, y que en breve, aparentemente, todos estaremos utilizando. Pero… ¿qué implicaciones va a tener el hecho de que una compañía con 2,400 millones de usuarios lance su propia moneda?

Estratégicamente, el movimiento tiene todo el sentido para Facebook: en un momento en el que muchos cuestiona los efectos de su dominio sobre las redes sociales y cuando hasta sus propios accionistas pretenden mayoritariamente rebelarse para poner en la calle a su fundador, la compañía se descuelga con un proyecto universalista, muy ambicioso, que la sitúa en un papel central en la economía mundial, que recoge el testigo de unos proyectos de criptomonedas que muchos califican como creados por aprendices de brujo, e irresponsablemente especulativos y despilfarradores en términos energéticos; y que trata, supuestamente, de proporcionar ayuda a los que viven en países con monedas inestables o a los desbancarizados. En efecto, como dice Jack Dorsey, es muy posible que estemos en un buen momento para crear una moneda universal apta para la era internet y que refleje la tendencia hacia una universalización del mundo en que vivimos. Sin embargo, lo que no está ni mucho menos tan claro es que esa moneda deba estar en manos de Facebook.

Técnicamente, el proyecto no es tremendamente interesante: aunque la compañía ha incorporado mucho talento con experiencia desde el mundo de las criptomonedas, lo que ha construido es una stablecoin anclada a una serie de monedas y organizaciones que eviten un control excesivo por parte de un solo actor (incluida la propia Facebook), lo que supuestamente evitaría posibles movimientos especulativos: la compañía ha hablado con instituciones financieras para aportar capital y formar una cesta de miles de millones de dólares de monedas fiduciarias internacionales y de valores con riesgo bajo que servirían como garantía colateral para estabilizar el precio de la moneda. Las compañías interesadas en operar un nodo tiene que aportar diez millones de dólares para poder validar transacciones hechas con la moneda, para poder tener voto en su operativa en el futuro, y sobre todo, para evitar posibles discusiones sobre un hipotético poder excesivo por parte de Facebook. La compañía, de hecho, planea aparentemente ceder el control de su criptomoneda a una fundación externa constituida en Suiza.

La criptomoneda de Facebook se podrá transferir sin costo alguno a través de los productos de Facebook, incluidos Messenger y WhatsApp, y la compañía está trabajando con comerciantes para que la acepten como pago, algo que posiblemente incentive mediante comisiones de algún tipo, y posiblemente, además, algún acuerdo con gestores de redes de cajeros automáticos que permitan intercambiar otras monedas por ella. También es posible que existan incentivos para los usuarios, que pueden ir desde en forma de pagos por ver publicidad, hasta promociones de diversos tipos relacionadas con esquemas similares a los programas de fidelización. Posiblemente, la compañía pague algún tipo de intereses a los usuarios por los depósitos en su moneda, algo también destinado a evitar las suspicacias que podría generar que la compañía retuviese todos los posibles intereses generados.

Además, la atención que atraerá el proyecto a todos los efectos, incluido el regulatorio, servirá para atraer interés sobre las criptomonedas, para dinamizar ese entorno y, posiblemente, para hacerlo evolucionar de manera positiva, sin las limitaciones que ha tenido hasta el momento. La moneda de Facebook se dispone a ser tan amigable y sencilla en su uso como cualquier otra moneda convencional, lo que permitirá que se incorporen a su uso personas de toda condición, no únicamente expertos.

El uso de la moneda nos permitirá saber de una vez por todas cuántos usuarios reales tiene Facebook: será necesario que los identifique de manera fehaciente para permitirles utilizar un instrumento financiero como este sin propiciar esquemas de lavado de dinero u otros usos por parte de actores perniciosos. Seguramente, esto posibilitará un uso importante en países con sistemas económicos fallidos, con esquemas excesivamente inflacionarios o con cantidades importantes de población no bancarizada.

En muchos sentidos, un proyecto como este de moneda universal, que bebe de la experiencia de las criptomonedas y que se propone servir a personas que, por múltiples razones, permanecían relativamente al margen de la economía tradicional puede ser una buena idea. Sin embargo, el problema es que un proyecto así provenga de una compañía como Facebook, con la peor reputación existente en términos de respeto a la privacidad y con unos estándares éticos que la han llevado a ser considerada culpable principal de todo tipo de aberraciones, desde manipulaciones masivas de procesos electorales hasta genocidios. Para Facebook, los usuarios no somos más que una materia prima a comercializar sin ningún tipo de respeto ni límites, y la perspectiva de que una compañía así disponga de algún tipo de detalle sobre mi economía, mis gastos, mis intereses o mi capacidad económica, francamente, me aterra.

Me da lo mismo que incorpore a otras compañías a la gestión de su moneda, porque de hecho, los problemas creados por Facebook han surgido cuando ha convertido en sus cómplices a todas las compañías que invierten sumas masivas en publicidad en su red: ha sido perfectamente capaz de alienarlas, de convertirlas en esclavos que piensan que Facebook es el mejor invento del mundo, y que vale la pena traicionar todo tipo de principios con el fin de tener francotiradores mejor entrenados para su publicidad. En ese sentido es donde un proyecto como este, que como planteamiento general universalista me parecería interesante, me da miedo: porque sé que cualquier mal uso potencial del mismo será permitido por parte de una compañía que, hasta el momento, los ha permitido todos. En el contexto de la economía mundial, un mal actor o un actor que ignore precauciones necesarias puede llegar a hacer mucho daño. Esperemos que me equivoque.

Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no expresan necesariamente el pensamiento de TyN Magazine.

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