Margrethe Vestager, comisaria europea de Competencia
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Margrethe Vestager, considerada desde hace años la bestia negra de los grandes grupos tecnológicos estadounidenses, podría convertirse para ellos en el futuro en una pesadilla mucho mayor. La comisaria danesa, a la que Donald Trump llegó a apodar “la señora de los impuestos” de la UE y una de las pocas que no solo revalidó su cargo al frente de Competencia en el Ejecutivo que lidera Ursula von der Leyen sino que además vio reforzadas sus atribuciones con su nombramiento como vicepresidenta ejecutiva de la Comisión, quiere dotarse de herramientas legales que le permitan frenar de forma preventiva la expansión de las big tech en Europa y su incursión en otros sectores de actividad. Es decir, frustrar el nacimiento de futuros monopolios antes incluso de que hayan sido concebidos.

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El equipo de Vestager diseña un nuevo marco regulatorio que le permita intervenir de forma preventiva en aquellos sectores susceptibles de padecer un alto grado de concentración y restricciones de la competencia como consecuencia de la irrupción de grupos con gran poderío económico, según explican fuentes próximas a Bruselas.

Es una medida de gran trascendencia y que, sin duda, elevará la temperatura del debate político en Europa, donde debe pasar el filtro de los gobiernos nacionales, lo que no será fácil dadas sus enormes implicaciones. “La aprobación de la normativa requerirá presumiblemente el visto bueno de los Estados miembros y del Parlamento Europeo, lo que sin duda podría resultar complejo desde el doble plano político y jurídico”, explica Alfonso Gutiérrez, abogado de Uría Menéndez.

La Comisión Europea solo puede actuar ahora cuando detecta indicios claros de abuso de posición dominante y aplicar sanciones a posteriori que, aunque multimillonarias en muchos casos (ver información adjunta), no disuaden a las grandes multinacionales. La nueva legislación le permitiría anticiparse, irrumpir en un sector en su conjunto e impedir que evolucione hacia la concentración; es decir, actuar con carácter profiláctico, antes de que se cometa ninguna infracción. ¿Recuerdan la película Minority Report, en la que una unidad policial del futuro próximo evitaba los delitos antes de que se cometieran? Salvando las distancias cinematográficas, Vestager aspira a algo similar pero trasladado a la competencia en el ámbito empresarial.

“Si se aprueba la futura normativa, la Comisión Europea podría intervenir preventivamente en mercados que considere que se encaminan hacia una situación de competencia reducida, sin necesidad de constatar una infracción previa y pudiendo imponer obligaciones de desinversión o de acceso a datos y tecnologías”, señala Gutiérrez. Es decir, un escenario que provocaría un vuelco sin precedentes en la legislación antimonopolio europea, confiriendo poderes de intervención inusitados a las autoridades de Competencia.

En el punto de mira

Aunque la iniciativa no se circunscribe a un sector en concreto, sino que facultaría a la Comisión a actuar en cualquier área de actividad, desde el comercio al turismo, pasando por la industria farmacéutica, donde Bruselas ha puesto ya, de hecho, la lupa en más de una ocasión, todas las miradas están puestas en los gigantes tecnológicos, como Google, Facebook o Amazon, que en los últimos años han ido extendiendo su tentáculos a diferentes ramas de negocio en un sinuoso efecto de mancha de aceite. Pero también en los emergentes, en los gigantes que están por venir.

Google ya irrumpió en el negocio de sistemas de pago, con Google Pay, y a finales del año pasado logró que el Banco de Lituania le concediera una licencia para operar como entidad de dinero electrónico, franqueando una puerta de entrada a Europa para su proyecto de ofrecer servicios financieros: Google Bank. El desembarco de las tecnológicas en el sector financiero se ha convertido en uno de los mayores dolores de cabeza de la banca tradicional.

Uber, tras ser acusada por los taxistas europeos de querer romper el mercado, opera también en sectores tan dispares como el de comida a domicilio o la salud, mientras que Amazon, que comenzó su trayectoria como una simple librería online, es hoy un gigante del comercio electrónico, ofrece servicios de almacenamiento en la nube (cloud computing), y compite con gigantes como Netflix en el negocio del vídeo online.

El espejo británico

La nueva legislación, que se encuentra aún en fase incipiente, recibe en parte su inspiración del Reino Unido, donde la poderosa Autoridad de la Competencia y los Mercados británica (CMA, por sus siglas en inglés) tiene licencia para abordar investigaciones en sectores completos e imponer severas condiciones, entre las que figura la obligación de desprenderse de activos y negocios si estima que existe un alto grado de concentración.

En 2013, las autoridades británicas de Competencia irrumpieron en el sector sanitario y obligaron a los dos mayores grupos hospitalarios privados presentes en el país, HCA y BMI, a desprenderse de casi una decena de hospitales, llegando incluso a restringir los incentivos a los médicos para evitar que desviasen pacientes hacia un determinado centro sanitario.

En plena era del coronavirus y el Brexit, las autoridades británicas quieren ampliar aún más sus ya de por sí extensas prerrogativas con la lupa puesta en la big tech estadounidenses.

El regulador británico busca reforzar su poder para imponer multas a las compañías que realizan prácticas anticompetitivas sin pasar por los tribunales, garantía que se exige actualmente, y para poder suspender cautelarmente dichas actividades aunque la investigación no haya concluido. Un endurecimiento de su labor de supervisión y control que persigue pese a las advertencias de que ese hostigamiento contra los gigantes digitales podría lastrar la llegada de inversión tecnológica al Reino Unido tras el Brexit.

El caso de Amazon y Deliveroo resulta ilustrativo del modus operandi del regulador británico. En diciembre pasado, la CMA puso en cuarentena la entrada de Amazon en el capital de la plataforma de reparto de comida a domicilio, que se había producido en mayo, por considerar que daría lugar a una situación relevante de fusión, lo que, a su vez, podría acarrear una “diminución sustancial” de la competencia en cualquier mercado o mercados de bienes o servicios en el Reino Unido. Es decir, la autoridad británica optó por poner la venda antes de la herida. Paradójicamente, la CMA decidió en abril pasado dar luz verde provisional al desembarco de Amazon en Deliveroo para evitar la quiebra de esta última a raíz de la crisis del coronavirus, que amenaza con provocar la asfixia financiera de cientos de miles de empresas europeas. El regulador argumentó que la salida de Deliveroo del mercado británico “sería peor para la competencia que permitir la inversión de Amazon”, lo que finalmente inclinó la balanza del lado de la autorización.

La iniciativa de Vestager se produce en plena pandemia del Covid-19, que ha puesto en jaque conceptos que eran indiscutibles hasta hace apenas unos meses, como la globalización o el libre mercado, haciendo soplar aires de proteccionismo en la UE y de intervención sin precedentes del sector público en el privado al dar luz verde a inyecciones generalizadas de los Estados en sus empresas para evitar quiebras. Una operación de salvamento masiva que, tal como reconoce la propia Vestager, puede provocar la fractura del mercado único.

De momento, ya ha provocado los primeros roces entre las autoridades europeas de Competencia y algunos Estados miembros, a cuenta, por ejemplo, de las ayudas de 9.000 millones de Alemania a Lufthansa. Para acceder a ellas, Bruselas obliga a la aerolínea a renunciar a sus hub en los aeropuertos de Fráncfort y Múnich.

Un rosario de sanciones multimillonarias

La comisaria de Competencia, Margrethe Vestager, quiere ampliar su esfera de poder, extremando aún más la supervisión y el control sobre unos gigantes (presentes y futuros) para los que se ha convertido en un auténtico azote en los últimos años, con sanciones multimillonarias a algunos de sus principales actores. Así, entre 2017 y 2018, Bruselas impuso multas a Google por más de 6.700 millones de euros (2.400 y 4.340 millones, respectivamente) por prácticas restrictivas de la competencia. También en 2018 sancionó con casi 1.000 millones de euros a Qualcomm por abuso de posición dominante en el mercado de chips para dispositivos móviles 4G. Con anterioridad, el principal antagonista de la Unión Europea fue Microsoft, al que Bruselas impuso varias multas entre 2004 y 2013 por un importe superior a los 2.200 millones de euros. Ni siquiera la española Telefónica escapó al celo antimonopolístico de la Comisión, que en 2007 sancionó a la operadora con más de 150 millones de euros por entender que asfixiaba la competencia en el negocio de banda ancha en España. Sin embargo, esta retahíla de multas, apenas un ramillete de ejemplos en la trayectoria de la Comisión, que ha impuesto sanciones por valor de más de 30.000 millones desde la década de los 90 del siglo pasado, no han bastado para contener el imparable avance de los gigantes tecnológicos, a los que hasta ahora ha compensado afrontar las multas por voluminosas que fueran. Bruselas prefiere prevenir antes que curar y de ahí que quiera frustrar los monopolios antes de que emerjan. En el futuro, la alargada sombra de Vestager puede que ya no se limite a compañías y operaciones concretas, sino que podría extenderse sobre sectores enteros.

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