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Por Enrique Dans.

Un artículo del ex-director de Tumblr, Mark Coatney, utiliza la analogía del desarrollo de la televisión pública en los Estados Unidos, la Public Broadcasting Television o PBS, para razonar la conveniencia de, en lugar de tratar de regular o de escindir las redes sociales actualmente existentes y plagadas de problemas como la desinformación, la publicidad hipersegmentada o la toxicidad, desarrollar una red social pública, pensada para el interés público, operada sin ánimo de lucro y cerrada a cualquier tipo de interés corporativo. Una red social en la que la participación estuviese vinculada a una identidad real, como una tarjeta de una biblioteca o un carnet de conducir, pero en la que podría publicarse de manera anónima o mediante seudónimo para posibilitar la libertad de expresión pero evitar la participación negativa o trolling incontrolado.

El razonamiento, en principio, tiene su valor: del mismo modo que muchos países operan plataformas de televisión pública con el fin, en principio, de brindar información a sus habitantes – sin entrar en posibles conflictos de instrumentación o de su puesta al servicio del gobierno de turno, – una red social operada de esa forma podría pensar en ofrecer una plataforma para el intercambio de información de todo tipo sin la permanente o incluso obsesiva contaminación de intereses corporativos en busca de visibilidad.

Sin embargo, encuentro un problema fundamental: la televisión pública es un desarrollo que utiliza un medio exclusivamente unidireccional, en el que los contenidos pueden ser controlados mediante un sistema de producción susceptible de ser supervisado, y en el que el propio coste de producción impide que llegue cualquiera y se plantee utilizarlo para fines no declarados o abiertamente comerciales. En PBS, uno puede encontrarse contenidos puramente informativos, largas conexiones en tiempo real al ayuntamiento o el gobierno de turno, documentales, tertulias y discusiones sobre temas de interés o incluso contenidos formativos de distintos tipos, pero todo ello con un esquema unidireccional: un estamento controlado produce, y los espectadores simplemente sintonizan el canal y miran, con escaso espacio para la participación. Las infraestructuras y los costes de producción se financian mediante la combinación de una dotación de fondos gubernamentales o estatales, el apoyo de fundaciones y las donaciones de los propios usuarios.

Una red social se caracteriza fundamentalmente porque el contenido que se publica proviene de los propios usuarios. En ese esquema de bidireccionalidad en el que el espectador es a la vez, no necesariamente pero sí en muchos casos, productor, el desarrollo de conflictos de intereses es mucho más difícil de poner bajo control: ¿podemos impedir la participación de compañías o intereses corporativos? Únicamente mientras esas compañías no encuentren la manera de generar contenidos a través de personas dispuestas a hacerlo, sea por dinero, o por la creencia de que al hacerlo, contribuyen de alguna manera a un servicio público o de interés general. ¿Cómo evitar que una persona o muchas publiquen contenido publicitario, de manera más o menos abierta o evidente? ¿Onque lo hagan las propias personas con intereses en una compañía, sean sus trabajadores o sus directivos? La idea se antoja compleja, los matices, muchos, y la posibilidad de represalia ante tal comportamiento, considerando las consecuencias de una eventual exclusión de un ciudadano de una plataforma de ese tipo, francamente difícil.

¿Podría funcionar una plataforma social de índole pública? Con todo lo interesante que pueda tener una idea así, creo sinceramente que la analogía de la televisión pública no es adecuada, y que la propuesta no resiste un análisis mínimamente detallado. La pregunta no es, como se plantea Coatney, si las personas la usarían o no, sino más bien de qué manera la usarían, y fundamentalmente, cómo evitaríamos que la utilizasen de una manera determinada. El problema en las redes sociales no es como tal la publicidad definida y etiquetada como tal, sino lo que no lo es: los intentos de instrumentalizar a las personas y convertirlas en meros vectores para un mensaje determinado.

Dudo que en el futuro no haya redes sociales. Creo que las primeras décadas del siglo XXI y el desarrollo de las redes sociales probaron que existía un valor generado en ofrecer a las personas una herramienta como esa. Pero ponerla bajo control y evitar su instrumentalización puede ser, me temo, mucho más complejo de lo que algunos piensan. Por el momento, me temo que habrá que seguir dándole vueltas a la idea.

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