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Por: Enrrique Dans

Una de las constataciones más evidentes y absurdas del momento actual es ver cómo, en una era dominada por la cada vez mayor disponibilidad de tecnologías para una automatización creciente y más sofisticada y una productividad cada vez mayor, el mundo sigue obsesionado con métricas cada vez más irrelevantes.

En la imagen, la evolución del producto interior bruto de cinco países entre el año 1000 y el 2015. La gráfica evidencia la importantísima contribución de la tecnología a la generación de riqueza, pero por otro lado, pone de manifiesto cómo de acertado estaba Robert Kennedy cuando afirmaba que «el PIB mide todo excepto lo que vale la pena«. Con cada vez más máquinas inyectando cada vez más productividad y riqueza en la economía, ¿hemos realmente conseguido un sistema económico que nos haga más felices, o por el contrario, hemos generado un monstruo creciente de desigualdad asentado en empleos de cada vez peor calidad que lleva incluso a países tradicionalmente tranquilos y más ricos que su entorno a la inestabilidad social? Si alguien piensa que las protestas en Chile son una excepción, solo tiene que sentarse a esperar: son la consecuencia lógica de un sistema económico completamente insostenible.

Cada día hablamos del fin de un tipo de trabajo. Al principio, los amenazados eran los trabajadores de cadenas de montaje, los conductores de vehículos, los mineros, los cajeros en las tiendas, el personal administrativo… ahora ya hablamos de los empleados de banca, de los de almacenes, de los trabajos de cuello blanco o hasta de la agricultura. En China, miles de trabajadores jóvenes que antes hacían tareas de ensamblaje en fábricas han sido reeducados para trabajar en el etiquetado manual de datos para el entrenamiento de algoritmos. Amazon tiene también el empeño de formar a cien mil empleados, un tercio de su plantilla en los Estados Unidos, para que puedan desempeñar los trabajos del futuro, pero la realidad es que cada vez contrata menos.

A medida que las sociedades envejecen, los robots cubren cada vez más trabajos que antes hacían personas, con un resultado constante: más productividad y menor número de errores. Algunos países pueden ver oportunidades en ello, pero en general, hablamos de un futuro en el que cada vez trabajaremos menos días a la semanamenos horas, desde donde nos dé la gana, y en cosas en las que realmente queramos trabajar, porque las que no nos gusten, serán irremisiblemente automatizadas. La automatización sustituye más trabajos de los que crea, y eso convierte la utopía del pleno empleo en un absurdo conceptual: de una u otra manera, nos dirigimos hacia sociedades en las que habrá muchas personas que no tendrán que trabajar, que buscarán cosas que hacer para no estar ociosas y poder disfrutar de un nivel económico superior, y que necesitarán alternativas viables que eviten una desigualdad creciente y unas protestas y disturbios constantes.

Tras siglos pensando que el problema era la escasez, nos encontramos ahora con que el problema es la abundancia: una productividad cada vez mayor, hasta ahora además basada en tecnologías sucias e insostenibles, y una sustitución cada vez mayor de personas por tecnología. Algo que, por otro lado, no tendría por qué ser un drama, sino todo lo contrario, pero que exige un replanteamiento radical de muchos conceptos. Si no estamos preparados para un futuro post-trabajo, más vale que vayamos haciéndonos a la idea.

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