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“La fábrica de cretinos digitales” se titula el último libro del neurocientífico Michel Desmurget (Lyon, 1965), director de investigación en el Instituto Nacional de la Salud de Francia, en el que cuenta con datos duros y en forma contundente cómo los dispositivos digitales están afectando gravemente, y para mal, al desarrollo neuronal de niños y jóvenes.

“Simplemente no hay excusa para lo que les estamos haciendo a nuestros hijos y cómo estamos poniendo en peligro su futuro y desarrollo”, advierte en entrevista con BBC Mundo el experto, que tiene a sus espaldas una vasta obra científica y de divulgación y ha pasado por reconocidos centros de investigación como el Massachusetts Institute of Technology (MIT) o la Universidad de California.

En el año 1984 James R. Flynn, investigador neozelandés, descubrió que el cociente intelectual de los seres humanos se había incrementado de forma sorprendente en todos los países a lo largo de todo el siglo XX.  En Estados Unidos el incremento observado era de 0,5 puntos anuales con las matrices progresivas de Raven desde 1900, hasta el punto de que Flynn afirmaba que entre generaciones (padres con respecto a sus hijos) la diferencia era de casi 15 puntos. Los españoles ganaron 19 puntos en 28 años, y los holandeses 20 puntos en 30 años. Esas cifras provienen de un nuevo libro de Flynn, de Cambridge University Press, llamado «¿Nos estamos volviendo más inteligentes?».

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Pero, recientemente, esta tendencia comenzó a invertirse en varios países.

Es verdad que el coeficiente intelectual se ve fuertemente afectado por factores como el sistema de salud, el sistema escolar, la nutrición….

Pero si tomamos países donde los factores socioeconómicos se han mantenido bastante estables durante décadas, el ‘efecto Flynn’ ha comenzado a reducirse.

En esos países los “nativos digitales” son los primeros niños que tienen un coeficiente intelectual más bajo que sus padres. Es una tendencia que se ha documentado en Noruega, Dinamarca, Finlandia, Países Bajos, Francia, etc.

¿Qué está provocando esta disminución del coeficiente intelectual?

Por desgracia, aún no es posible determinar el papel específico de cada factor, incluida por ejemplo la contaminación (especialmente la exposición temprana a pesticidas) o la exposición a las pantallas.

Lo que sabemos con seguridad es que incluso si el tiempo que un niño pasa frente a una pantalla no es el único culpable, tiene un efecto importante en el coeficiente intelectual.

Las causas también están claramente identificadas: disminución en la calidad y cantidad de interacciones intrafamiliares, que son fundamentales para el desarrollo del lenguaje y el desarrollo emocional; disminución del tiempo dedicado a otras actividades más enriquecedoras (tareas, música, arte, lectura, etc.); interrupción del sueño, que se acorta cuantitativamente y se degrada cualitativamente; sobreestimulación de la atención, lo que provoca trastornos de concentración, aprendizaje e impulsividad; subestimulación intelectual, que impide que el cerebro despliegue todo su potencial; y un estilo de vida sedentario excesivo que, además del desarrollo corporal, influye en la maduración cerebral.

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Se ha observado que el tiempo que se pasa ante una pantalla por motivos recreativos retrasa la maduración anatómica y funcional del cerebro dentro de diversas redes cognitivas relacionadas con el lenguaje y la atención.

El potencial de la plasticidad cerebral es extremo durante la infancia y la adolescencia. Después, comienza a desvanecerse. No desaparece, pero se vuelve mucho menos eficiente.

Orgía digital

En promedio el tiempo frente a las pantallas es de, casi tres horas al día para los niños de 2 años, cerca de cinco horas para los de 8 años y más de siete horas para los adolescentes.

Esto significa que antes de llegar a los 18 años, nuestros hijos habrán pasado el equivalente a 30 años escolares frente a pantallas recreativas o, si lo prefiere ¡16 años de trabajo a tiempo completo!

Es simplemente una locura y una irresponsabilidad.

Estos niños se parecen a los descritos por Aldous Huxley en su famosa novela distópica Brave New World (“Un mundo feliz”, en español): pasmados por el entretenimiento tonto, privados de lenguaje, incapaces de reflexionar sobre el mundo, pero felices con su suerte.

El libro

El libro tiene hallazgos muy interesantes: por ejemplo, dedica varios capítulos a demoler ideas tan populares como la de los ‘nativos digitales’ o la creencia de que la tecnología siempre es positiva para el desarrollo cognitivo de los niños y adolescentes. Además, repasa de forma bastante acertada las limitaciones metodológicas de los estudios más populares que se han esgrimido a favor de la inocuidad de las nuevas tecnologías. Por último, hace un buen resumen de argumentos contra las pantallas.

Sin embargo, a menudo incurre muchos de los errores que él mismo señala con la intención de “sacar a la sociedad de su sueño protecnológico”. Y es que, aunque es cierto que las pantallas tienen un impacto en el desarrollo funcional y estructural del cerebro; es más, aunque debemos denunciar los ‘mitos’ que rechazan que puedan existir problemas en esa Arcadia digital, la verdad es que los cambios que está sufriendo la juventud actual van mucho más allá de las pantallas. En el fondo, el mundo se encuentra inmerso en un enorme experimento social que no sabemos donde nos llevará. No lo sabe nadie, ni los que están a favor, ni los que están en contra.

Por eso, detrás de toda la retórica de Desmurget, lo que encontramos es una llamada a la reflexión. No es que las nuevas tecnologías nos estén volviendo más tontos; sino que tenemos que aprender a usarla para nuestros intereses, los de la sociedad en su conjunto.

Reflexiona el autor, “Tal vez (y eso espero) estoy equivocado. Simplemente no hay excusa para lo que les estamos haciendo a nuestros hijos y cómo estamos poniendo en peligro su futuro y desarrollo.”

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