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El ordenador más avanzado de Google no se encuentra en la sede de la compañía en Mountain View, ni en Silicon Valley (ambas en EE. UU.). Está a unas pocas horas en coche hacia el sur, en un polígono de oficinas de una sola planta y sin mucha vida, habitado principalmente por empresas tecnológicas poco conocidas.

El recipiente exterior de uno de ellos fue retirado para dejar al descubierto una maraña de varias capas de acero y latón cuyo interior se conoce como “el candelabro”. Básicamente, se trata de un refrigerador superalimentado que se enfría con cada capa hacia abajo. En la parte inferior, en un espacio al vacío y a una temperatura que roza el cero absoluto (o a casi -273.15 °C), está lo que a simple vista parece un chip de silicio común. Pero en lugar de transistores, está grabado con pequeños circuitos superconductores que, a esta baja temperatura, se comportan como si átomos individuales que obedecen las leyes de la física cuántica. Cada uno de ellos es un bit cuántico, o cúbit, la unidad de almacenamiento de información básica de un ordenador cuántico.

A finales del pasado septiembre, Google anunció que uno de esos chips, llamado Sycamore, se había convertido en el primero en demostrar la “supremacía cuántica” al realizar una tarea que sería prácticamente imposible en una máquina convencional. Con solo 53 cúbits, Sycamore completó un cálculo en pocos minutos que, según Google, el actual superordenador más poderoso del mundo, el Summit, habría tardado 10.000 años en completar. Google lo presentó como un enorme avance, comparándolo con el lanzamiento del Sputnik 1 y con el primer vuelo de los hermanos Wright. Lo anunció como el inicio de una nueva era de máquinas que haría que el ordenador más poderoso de la actualidad sea visto como un simple ábaco.

Los investigadores de IBM, el principal rival de Google en computación cuántica, habían torpedeado su gran revelación. Habían publicado un documento que básicamente acusaba a Google de haberse equivocado con sus cálculos. IBM estimaba que Summit habría tardado solo unos días replicar el trabajo de Sycamore, pero no milenios. Cuando se le preguntó qué pensaba sobre el documento de IBM, el director del equipo de Google, Hartmut Neven, evitó deliberadamente dar una respuesta directa.

 

La situación se podría describir como una simple disputa académica, y en cierto sentido lo fue. Incluso si IBM tenía razón, Sycamore había hecho el cálculo 1.000 veces más rápido de lo que lo hubiera hecho Summit. Y probablemente solo harán falta unos meses para que Google construya una máquina cuántica un poco más grande capaz de demostrar su potencia sin lugar a dudas.

Sin embargo, la mayor objeción de IBM no era que el experimento de Google fue menos exitoso de lo que el gigante afirmó, sino que se trataba de una prueba que no tenía sentido en primer lugar. A diferencia de la mayoría del mundo de la computación cuántica, IBM no cree que la “supremacía cuántica” equivalga al momento de los hermanos Wright; de hecho, ni siquiera cree que vaya a haber un momento así.

El éxito que IBM persigue y al que denomina como “ventaja cuántica” es muy diferente. No se trata de una mera diferencia de palabras, ni siquiera de otra ciencia diferente, sino de una postura filosófica con raíces en la historia, la cultura y las ambiciones de IBM, y, tal vez, en el hecho de que durante ocho años sus ingresos y beneficios se ha reducido sin parar, mientras que Google y su empresa matriz Alphabet no han hecho más que crecer. Este contexto y estos diferentes objetivos podrían influir en cuál de ellas acaba primera en la carrera de la computación cuántica, si es que alguna logra terminarla.

Mundos aparte

La elegante y amplia construcción del Centro de Investigación Thomas J. Watson de IBM al norte de la ciudad de Nueva York (EE.UU.), una maestral obra neo-futurista del arquitecto finlandés Eero Saarinen, es muy diferente a las oficinas del equipo de Google. Terminado en 1961, durante la bonanza de IBM gracias a los servidores, este edificio parece a un museo, una especie de recordatorio para todos los empleados de los grandes avances logrados por la compañía, desde la geometría fractal hasta los superconductores, la inteligencia artificial (IA), y la computación cuántica.

Pero a lo largo de las décadas, la compañía se ha ganado la reputación de luchar para convertir sus proyectos de investigación en éxitos comerciales. Un ejemplo más reciente es Watson, la IA que participó en el concurso televisivo Jeopardy! y que IBM intentó convertir en un gurú médico robótico. La máquina iba a ofrecer diagnósticos e identificar tendencias en los océanos de datos médicos, pero a pesar de docenas de asociaciones con proveedores de atención médica, ha habido pocas aplicaciones comerciales, e incluso las que surgieron han mostrado resultados desiguales.

El equipo de computación cuántica, según cuenta Gil, intenta romper ese ciclo realizando la investigación y el desarrollo comercial en paralelo. Casi tan pronto como sus ordenadores cuánticos empezaron a funcionar, la compañía se puso a trabajar para hacerlos accesibles para terceros a través de la nube, donde es posible programarlos mediante una simple interfaz que funciona en un navegador web. Desde su lanzamiento en 2016 “IBM Q Experience” ya ofrece 15 ordenadores cuánticos de entre cinco y 53 cúbits. Alrededor de 12.000 personas los usan cada mes, desde investigadores académicos hasta alumnos. El uso de las máquinas más pequeñas es gratis; IBM asegura que ya tiene más de 100 clientes de pago (no quiso precisar cuántos exactamente) para usar los más grandes.

Ninguno de estos dispositivos, ni ningún otro ordenador cuántico en el mundo, salvo el Sycamore de Google, ha demostrado que puede vencer a una máquina convencional en ninguna situación. Pero esta no es la prioridad actual de IBM. Facilitar que las máquinas estén disponibles online le permite saber qué necesitarán los futuros clientes. Además, ofrece a los desarrolladores de software externos la oportunidad de aprender a escribir el código para ellos. Eso, a su vez, contribuye a su desarrollo, lo que mejorará los siguientes ordenadores cuánticos.

Este ciclo, según la compañía, es la vía más rápida para lograr su llamada ventaja cuántica, un futuro en el que los ordenadores cuánticos no necesariamente superen a los convencionales, pero sí realicen algunas cosas útiles de una forma algo más rápida o más eficiente, lo suficiente para que resulten rentables. Mientras que la supremacía cuántica es un hito único, la ventaja cuántica representa un “continuo”, un mundo de posibilidades en expansión gradual, explican los representantes de IBM.

Esa sería la gran teoría unificada de Gil sobre IBM: al combinar su herencia, su experiencia técnica, la capacidad intelectual de otras personas y su dedicación a los clientes comerciales, es capaz de construir ordenadores cuánticos útiles antes y mejor que nadie.

Bajo este punto de vista, IBM cree que la demostración de supremacía cuántica de Google no fue más que “un truco de salón”, según el físico de la Universidad de Texas en Austin (EE. UU.) Scott Aaronson, quien contribuyó a crear los algoritmos cuánticos que utilizó Google. Para el experto, no fue más que una llamativa distracción frente al trabajo real en el que se deberían estar centrando. Y lo peor es que resulta engañoso, porque podría provocar que la gente crea que los ordenadores cuánticos son capaces de superar a los convencionales en cualquier situación en vez de ganarlos solo en una tarea muy concreta. “‘Supremacía’ es una palabra que es imposible que la sociedad no la interprete mal”, asegura Gil.

La opinión de Google, por supuesto, es muy diferente.

 

¿Qué compañía está mejor posicionada para ganar esa competición?

Con sus ingresos decrecientes, IBM podría tener más prisa que Google. Por su amarga experiencia sabe cuáles son los costes de tardar demasiado en entrar en un mercado: el verano pasado, en su mayor compra de la historia, desembolsó más de 30.000 millones de euros para adquirir Red Hat, el proveedor de servicios en la nube de código abierto, en un intento de ponerse al día con Amazon y Microsoft en ese campo y revertir su tendencia económica. Su estrategia de poner sus máquinas cuánticas en la nube y crear un negocio rentable desde el principio, parece diseñada para darle ventaja.

 

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