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La elección del martes fue una expresión de angustia electoral que anunció un nuevo tipo de populismo. Para Silicon Valley, también marcó la ascensión de una visión estrechamente en desacuerdo con la suya.

El mundo está cambiando más rápido que nunca, y la campaña de Donald Trump hizo hincapié en la preocupación acerca de dónde ese cambio afecta a EEUU. Muchos de los temas centrales de la campaña -empleos, globalización e inmigración- tenían en común que estaban enraizados, en gran parte, en el cambio tecnológico. En consecuencia, la postura de Trump parece estar en un camino de colisión contra la tecnología y las personas que la construyen.

Abundan los ejemplos. Uber Technologies y otras compañías realizan pruebas para camiones auto conducidos. De prosperar, no será una novedad auspiciosa para 3,5 millones de camioneros, que en los EEUU tienen uno de los mejores salarios que no requieren educación universitaria. En tanto, los avances en inteligencia artificial comienzan a incomodar empleos de cuello blanco en campos como medicina y finanzas.

Esta semana, en un blog de la empresa, Brad Smith, presidente y Chief Legal Officer de Microsoft reconoció el problema del empleo. Citó un estudio de la Universidad de Georgetown que dijo haberlo sorprendido. La investigación indicaba que en un cuarto de siglo de crecimiento económico de EEUU bajo Demócratas y Republicanos, el país ha sumado 35 millones de nuevos empleos netos. Pero el número de puestos de trabajo de los estadounidenses con sólo escuela secundaria o menos ha caído en 7,3 millones. El país ha experimentado una duplicación de puestos de trabajo para los estadounidenses con un título universitario de cuatro años, mientras que el número de puestos de trabajo para aquellos con un diploma de escuela secundaria o menos ha disminuido en un 13%.

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Smith dice que hay mucho que aprender, con una conclusión muy clara: en tiempos de rápidos cambios, se de innovar para promover un crecimiento económico inclusivo que ayude a todos a avanzar. La tarea, de acuerdo con el ejecutivo, requiere una responsabilidad compartida entre los gobiernos, el sector privado y los particulares.

La industria de la tecnología defiende la inmigración. Muchos de sus ejecutivos son extranjeros. A su vez, los mercados internacionales representaron el 58% de sus ingresos el año pasado, la segunda mayor participación de cualquier industria de los EEUU después de la energía, de acuerdo con CFRA Research. Y los trabajadores extranjeros construyen la mayoría de los aparatos electrónicos que venden las compañías estadounidenses de tecnología.

Las críticas de Trump hacia el sistema económica se centran en el cierre de fábricas. Sin embargo, los avances en automatización no auspician nuevos puestos de trabajo fabril. Si bien el valor en dólares de lo que hacen los estadounidenses aumenta cada año, la proporción de estadounidenses que fabrican esos bienes sigue disminuyendo: fue el 8,7% de trabajadores locales año pasado, frente a un máximo de más del 30% en tiempos de la posguerra en los años cincuenta. Las fábricas en otros países, donde muchas compañías producen también cambian hacia la automatización.

Para muchos en Silicon Valley este proceso es inexorable. Consideran que la elección de Trump no protegerá a sus partidarios de que en realidad, los estadounidenses compiten con otros trabajadores del mundo.

Según publica el diario estadounidense, Balaji Srinivasan, socio de la firma de capital riesgo Andreessen Horowitz y CEO de la startups Bitcoin 21, la colisión entre la cultura tecnológica y el movimiento populista del Trump es inevitable y potencialmente tan divisiva que las élites globales de la tecnología deben separarse efectivamente de sus respectivos países, una idea que él llama “la salida definitiva”.

Srinivasan agrega que las élites en Silicon Valley están más conectadas entre sí y con sus pares de todo el mundo, que los no expertos en tecnología entre ellos o en sus cercanías. Y desafía: “habrá un reconocimiento de que si no tenemos el control del Estado-nación, debemos reducir el poder del Estado-nación sobre nosotros”. Por ahora, esos conceptos son inverosímiles, pero las divisiones culturales e ideológicas subyacentes son reales.

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